Columnistas

Los poetas de albor

Nos miramos y coincidimos tácitamente en que el Día de la Poesía estaba festejado

La Razón (Edición Impresa) / Homero Carvalho Oliva

02:14 / 27 de marzo de 2014

El miércoles 19, empezando la noche, llegué a la ciudad de El Alto pertrechado para enfrentar el frío otoñal: llevaba una chompa gruesa y una chamarra, una cachucha de paño comprada en Sucre y una chalina apropiada para la estación. Era un camba desafiando el clima altiplánico. En la puerta del museo Antonio Paredes Candia, denominado así en homenaje a ese gran librero y tradicionista paceño, a quien conocí en la década de los   ochenta en su puestito de libros frente a la UMSA, me esperaba un grupo de jóvenes que me recibió con mucho cariño y me escoltó al auditorio; al ingresar me sorprendió ver a tanto joven esperando escuchar poesía. Yo sabía de la existencia de este colectivo de arte y cultura por las redes sociales, pero no imaginaba que tuvieran tal convocatoria

En la testera ya se encontraban los poetas Humberto Quino, Mauro Alwa, Jeannete Ramos y Hernán Ramos; luego llegaron Clemente Mamani y Javier Aruquipa. Mientras Willy Flores brindaba las palabras de bienvenida y explicaba los objetivos del encuentro que eran los de celebrar el Día Mundial de la Poesía en una jornada por los derechos humanos y sexuales, sentí que el calor del ambiente me albergaba y me despojé de la chalina y de la gorra, y me dispuse a compartir mis escasos conocimientos y mis abundantes sentimientos. Willy me conmovió recitando un poema de Cuerpos, el primer poemario que publiqué y que ya había olvidado; contó que lo compró entre los libros usados de la feria de la 16 de Julio. Fue emotivo escuchar a dos poetas aymaras y fue emocionante comprobar que los asistentes comprendían y disfrutaban de la lectura en un idioma que, por suerte para Bolivia, se encuentra lleno de vitalidad. El Alto es orgullosamente aymara.

Nos hicieron preguntas sobre la creación, el oficio y la vocación literaria, sobre las diferencias entre géneros literarios, y Mauro Alwa impresionó al público con sus “representaciones gráficas” de cómo se lee una novela y cómo un poemario. Sobre los derechos humanos, leí un breve antipoema del iconoclasta Nicanor Parra: “Qué fue de los deberes humanos/ ofrezco la palabra/ mucho se habla de los derechos humanos/ poco/ nada casi de los deberes humanos/: Primer deber humano/respetar los derechos humanos”... Y luego leí uno mío recordando a nuestros muertos y desaparecidos por un mundo mejor, combatientes de una época en la que no había tiempo para las palabras, a quienes ahora, que sí tenemos tiempo, les debemos por lo menos recordarlos.

El encuentro duró varias horas, hasta que los encargados del espacio hicieron saber que ya tenían que cerrar. El adiós fue cálido, los jóvenes nos despidieron con fuertes abrazos y les prometimos volver, porque no hay primera sin segunda. Al día siguiente, con los amigos escritores Ramón Rocha Monroy y Marcelo Arduz Ruiz, fuimos a comer un picante surtido en el restaurante Ilabaeño, que queda a pocas cuadras de la plaza Murillo, y con los pecaminosos y rebosantes platos sobre nuestra mesa nos miramos y coincidimos tácitamente en que el Día de la Poesía estaba festejado. Lo primero que degusté fue el ají de lengua.   

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