Columnistas

Con o sin pollera

Ser chola en Bolivia es una categoría que lidia con estigmas racistas sobre la piel y el comportamiento

La Razón (Edición Impresa) / Julieta Paredes

22:00 / 27 de mayo de 2017

Soy chola, con o sin pollera”... A propósito del evento hecho público a raíz del trato racista que recibió la madre de uno de nuestros hermanos detenido en Iquique, cuando combatía el contrabando, se propuso la dignificación de la mujer de pollera. Considero que las hermanas mujeres de pollera no necesitan dignificación externa. Al igual que cualquier otra mujer de pantalón, traje sastre, vestido largo o minifalda, todas las mujeres de Bolivia somos dignas en principio, y dignificamos nuestras vidas con nuestro trabajo, creatividad, propuestas, luchas históricas y luchas de nuestra vida cotidiana.

La reflexión es más profunda, creo yo, pues ser chola no solo es vestir pollera. Sin embargo, hoy este atuendo está significando una subversión de los cuerpos, que ha dado un mayor impulso a la creatividad, con la presencia de colores y texturas combinadas en la costura de los vestidos que hoy cubren nuestros cuerpos de mujeres aymaras. Ser chola es una categoría en nuestro país que lidia con estigmas racistas sobre la piel y el comportamiento.

Es evidente que hoy en día, dentro del proceso de cambio, la pollera tiene usos de lo más variados. Hay quienes visten pollera para lucirlas en las danzas que fluyen y serpentean en las distintas festividades de nuestro país. Hay quienes cambian el vestido por la pollera para poder acceder a trabajos de todo tipo. Hay quienes también se la ponen para un determinado evento. Todos esos usos son decisiones que cada persona toma sobre sus cuerpos; y si bien pasa por criterios políticos y cuestionamientos de identidad, cada persona es libre de vestirse como quiera.

La discusión en profundidad sobre qué significa ser chola consiste más bien en reflexionar sobre uno de los estigmas que el racismo graba sobre nuestra piel. La fuerza del sonido “chola” es descalificador. Ser chola, ser como una chola o ser hija de chola significa que, por definición, eres “mal educada, gritona, malcriada, mal vestida, ignorante y que tu oficio es servir y vender”. Por lo tanto, eres despreciada por la sociedad. Las mujeres que hoy permanentemente usan pollera, quieran o no, toman para sus cuerpos esa identidad. A algunas desde pequeñitas las vistieron así y cuando grandes no se cambiaron.

Este estigma racista de nuestra sociedad hoy se ha modificado parcialmente, por el acceso que las mujeres vestidas con polleras tienen a los recursos económicos; por su presencia en los cargos de gobierno; la visibilidad de sus luchas, su capacidad, su belleza y simpatía; por la belleza aymara de nuestros territorios; la claridad de sus ideas sobre el proceso de cambio; su lealtad con las luchas de nuestras abuelas y abuelos... A pesar de todo esto, el sonido descalificador todavía resuena en la cotidianidad de todos los territorios de Bolivia, pues mujeres vestidas con polleras habitan en cada rincón del país. Cuando pequeñita me decían imilla. Hoy soy y decido ser una chola, con o sin pollera, chola bien plantada ante el racismo y los poderes colonialistas.

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