Columnistas

Las polleras de Caquiaviri

No pondremos fin a la violencia de género si es que este tipo de actos no son recriminados por la sociedad

La Razón (Edición Impresa) / Lourdes Montero

04:24 / 21 de diciembre de 2015

La semana pasada, la investigadora Carmiña Sanabria presentó en Santa Cruz de la Sierra los avances de su investigación sobre la sociedad boliviana en torno a las ideas y creencias que naturalizan la violencia contra las mujeres. Su hallazgo es revelador: a pesar de los avances en el campo político, de gozar de mejores condiciones económicas, contar con una ley contra la violencia... tal parece que las normas sociales en torno a las mujeres se mantienen inalterables desde el siglo XIX.

Debo confesar que estas afirmaciones me llenaron de dudas. Vinieron a mi mente los avances sobre el uso de la anticoncepción por parte de las jóvenes, la tecnología que nos permiten acceder a ideas del mundo globalizado, el ingreso masivo de las mujeres al mercado de trabajo y la cantidad de leyes (incluida la Constitución Política del Estado) que en la actualidad prohíben la discriminación por razón de género. No puede ser que nada haya cambiado.

Sumergida en estas reflexiones me atrapa por sorpresa la noticia de que comunarios de Caquiaviri en La Paz vistieron a su alcalde con pollera, manta y sombrero como un “castigo” por supuesta mala administración de los recursos del municipio. Un acto simbólico cargado de significado sobre esas ideas y creencias que todavía circulan en nuestra amada Bolivia. Los líderes sociales de la población de Marka Achiri buscaron “humillar” al alcalde Bruno Álvarez porque supuestamente no destina recursos a su región, y no se les ocurrió nada mejor que vestirlo de chola. En situación similar, ¿podemos imaginar que a cualquier autoridad femenina se la castigue vistiéndola de hombre?  

Imagino el acto público que presidió esta medida y me remonto a las escenas descritas por Michel Foucault en su famoso libro Vigilar y castigar. En él se describe cómo en la Edad Media se aplicaban medidas disciplinarias que implicaban que el juzgado llevara físicamente sobre su cuerpo la marca del castigo (paseo por las calles, carteles, letras escarlatas). Todo ello consistía en un ritual político que tenía como fin hacer respetar el orden establecido, entendido como “natural”, que permitía a la sociedad recrear sus reglas y moral.

Es indudable que el acto cometido en Caquiaviri tiene la misma función, pero la narrativa que utiliza está basada en la norma social “natural” que establece la inferioridad de las mujeres en la sociedad. Así, si un hombre comete algún agravio frente a la sociedad, será “degradado” a ser mujer, un ser inferior; pero además utilizando la marca colonial, será degradado a ser una “chola”, es decir, una mujer mestiza.

Algunos podrán llamar a esto usos y costumbres, otros reconocerán el hecho como la aplicación de la justicia comunitaria. Yo llamo a esto simplemente el despliegue institucional de una sociedad machista. No habrá avances legales o institucionales, y lo que es peor, no pondremos fin a la violencia contra las mujeres si es que este tipo de actos no son recriminados drásticamente por el conjunto de la sociedad.

Por ello saludo el acto simbólico de Alberto Gringo Gonzales, didáctico y creativo; pero también espero que el Viceministro de Descolonización, quien ante el menor agravio sospechosamente “racista” se lanza a la caza del desdichado, inicie un juicio contra los culpables. También esperamos que nuestro Gobernador, preocupado por la salud ginecológica de las mujeres, salga a la palestra pública a condenar el acto. Sería penoso si esto se condena al silencio y se olvida.

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