Columnistas

Un poquito de historia

Si se quiere discutir sobre ese tipo de socialismo, no deberían omitirse los resultados de sus teorías

La Razón / Wálter I. Vargas

23:34 / 06 de abril de 2012

El doctor Hugo Celso Felipe Mansilla me ha llamado la atención sobre una vieja carta de René Zavaleta Mercado, publicada recientemente en el número 100 del periódico quincenal Nueva Crónica y Buen Gobierno. Ahora que la Revolución del 1952 va a cumplir la respetable edad de 60 años, vale la pena apuntar dos que tres cosas sobre la mentalidad revolucionaria que animó a muchos de los políticos de esa época y la que vino después, sobre todo en la necesidad de relacionarla con sus supervivencias actuales.

La carta está dirigida a Mariano Baptista Gumucio, y aunque no está datada (menuda omisión), por su contenido se concluye que fue escrita alrededor de 1962; es decir, cuando Zavaleta estaba más involucrado políticamente con el gobierno movimientista. En ella, éste, impaciente ante el decurso de los acontecimientos, se permite franquezas sólo posibles en confidencia con un correligionario pero jamás en público. Cosas como la necesidad de industrializar forzadamente al país o domeñar a la “racista e ignorante” clase media. A lo que agrega algo que a quienes defienden tan activamente los derechos humanos debiera ponerles la piel de gallina: “los países que quieren ir al socialismo no necesitan hoy de esos rigores… Sin embargo, así como no debemos elegir el terror, no es necesario descartarlo porque sí. Lo que precipitó la lucha de clases en Bolivia fue el terror de la masacre de Catavi y los fusilamientos de la Radepa. Antes la cosa no iba en serio”.

En suma, se trata de un manifiesto epistolar de decidido estalinismo, como que Zavaleta terminó precisamente como miembro del Partido Comunista. El problema es que mencionar a Stalin en la actualidad equivale a llamar al cuco para que un niño tome la sopa. Ninguno de los miles de intelectuales izquierdistas que pululan en nuestra historia pasada y actual aceptaría tal adjetivo (salvo un bufón filosófico, como Slavoj Zizek). Nadie quiere aceptar que las atrocidades estalinianas no fueron un accidente personalista de la historia sino la culminación comprensible de océanos de tinta empleada en elucubraciones filosóficas y políticas muy bien intencionadas. Por poner otro ejemplo: he leído un fragmento de la enorme biografía que Hugo Rodas le dedica al símbolo por excelencia de la democracia boliviana, Marcelo Quiroga Santa Cruz. En 1978 éste justificó de esta manera haber sido miembro de un gobierno militar: “Es evidente que aquel gobierno del que yo formé parte por pocos meses… era un gobierno de facto. Pero tengo que decirlo con la mayor franqueza, lo que para mí es fundamental no es tanto la formalidad, la legalidad institucional, como el carácter representativo del gobierno respecto de los intereses populares”. Si para mejor representar esos intereses es necesaria una dictadura, es algo que se ha aceptado siempre en los medios revolucionarios, y para comprobarlo basta ver cualquier manual marxista de la época.

Todo esto parece muy trasnochado, y hablar de ese tipo de socialismo a estas alturas parece una bobería, pero siempre que se me jala las orejas en ese sentido, yo cito a Ernesto Sabato y su reflexión sobre la primera posguerra mundial en el siglo XX. Si algo estaba fuera de duda en esos años, recordaba el argentino, era que nadie quería ni se debería permitir otra guerra tan destructiva como la que acababa de dejar en ruinas a Europa; 20 años después se producía otra el doble de maléfica.

Además, son los propios gobernantes actuales los que se reclaman de una tradición tan polémica. Un jerarca de segunda línea del MAS ha dicho que no hay que descartar la reelección indefinida de Evo Morales porque la rotación del poder es un “prejuicio liberal”. Otro, el Vicepresidente, recomienda a la juventud siempre que puede que lea y relea a héroes como el Che Guevara o Lenin. Pero si aún se quiere discutir sobre dinosaurios ideológicos como Lenin, no deberían omitirse las consecuencias de sus teorías. Habría que recordar, por ejemplo, que fue el primero de los criminales políticos del siglo XX que usó gas para exterminar poblaciones civiles (en 1921, es decir, muchos años antes de Hitler). Ese fue el resultado de sus ideas sobre el socialismo como solución para los males de la humanidad. En definitiva, el terror que Zavaleta nunca se permitió dejar de lado como última opción.

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