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El portal

Es imposible pensar en la Iglesia Católica sin imaginarla cubierta de oro, lo más alejada del portal.

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Vicent

05:04 / 17 de diciembre de 2012

El portal de Belén es realmente un Misterio. La mula es un animal híbrido estéril. El buey es un toro castrado. San José no tuvo nada que ver en el asunto puesto que solo era padre putativo. Hay una madre virgen concebida a distancia por una paloma que es el Espíritu Santo. Del vientre de esa Virgen nació el Hijo de Dios, mediante un juego entre la segunda y tercera persona de la Trinidad, que en términos jurídicos terrenales podría ser considerado un caso de incesto divino.

Desde cualquier punto de vista que se contemple ese Misterio, parece demasiado complicado para que pueda servir de modelo a una familia cristiana normal. Al portal de Belén llegaron los Magos siguiendo una estrella, que bien podría ser el reflejo del estallido de una supernova, vete tú a saber.

Dejando de lado que los Magos, según el papa Ratzinger, fueran andaluces, antepasados del Cigala, lo que cuenta es que le ofrecieron al Niño oro, incienso y mirra.

De los tres presentes, sin duda el incienso sería usado al instante por María para contrarrestar el hedor natural del establo. A lo largo de la historia, el humo de esa resina ha servido también para sobrellevar el olor a choto que genera cualquier rebaño si se encierra en un recinto, aunque sea sagrado.

La mirra es una sustancia gomosa extraída de la corteza de un árbol con que se elaboran perfumes y ungüentos. Tal vez le sirvió de suavizante y acondicionador del pelo a la Magdalena. Tiene muchas propiedades medicinales. En la antigüedad se daba a los condenados a muerte, mezclada con vino. Seguramente eso hizo el centurión con el Nazareno en la cruz.

Incienso y mirra pudieron usarse allí mismo en el portal de Belén. Solo queda por saber el destino del oro. ¿En qué fondo se invertiría? Durante los primeros siglos de cristianismo el oro quedó sumergido, pero en cuanto ese movimiento espiritual se convirtió en Iglesia, ese metal, como símbolo de poder y de riqueza, se pegó a ella como la piel a la carne.

El río de oro comenzó a fluir arrastrando cálices, copones, patenas, custodias, anillos, báculos, ornamentos, mitras, crucifijos, medallas, peanas y retablos, hasta el punto de que es imposible pensar en la Iglesia Católica sin imaginarla cubierta de oro, lo más alejada posible de aquel portal.

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