Columnistas

El porvenir del pasado

Es notorio que el gigantismo urbano está terminando  con la vida social citadina

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

02:06 / 31 de marzo de 2016

Al observar una ciudad muchas veces pensamos que ésta solo vive un presente y olvidamos que el futuro no solo depende de la proyección de su pasado rico en costumbres y tradiciones urbanas, sino que esas expresiones culturales deben evolucionar, ya que corren el riesgo de involucionar y, lo peor, desaparecer; ciertamente un ambivalente criterio de desarrollo que prolonga la estructura sociocultural de las ciudades hacia el porvenir, y ello significa conservar el “sentido” que las cualifica.

Sin embargo, nos invade una interrogante: ¿acaso el mirar el pasado, la herencia histórica, las costumbres y los valores son propiedad solo de restauradores, sociólogos y otros, y no son patrimonio de arquitectos, artistas y quienes estén interesados en transformar las expresiones culturales a partir de la sucesión de sus valores?

Es innegable que el proyectar al futuro a las ciudades primeramente exige “transportar identidad”. La fuerza aplastante que puede contrarrestar el desarrollo secante de la sobremodernidad del siglo XXI está llevando al crecimiento acelerado de las ciudades y acarreando grandes cambios en la vida de la población; hasta el punto que hoy los habitantes de esas metrópolis parecieran ser incapaces de alcanzar toda forma de vida urbana plena. Esto porque nacieron en una vida pública efervescente y hoy se han convertido solo en espectadores y oyentes del desarrollo aplastante del lugar donde radican.

Asimismo es notorio que el gigantismo urbano está terminando con toda vida social citadina. Se trata sin duda de una imagen impactante, pero que invita a pensar que el trasladar esa carga cultural en el tiempo implica proyectar al futuro la esencia de una cultura evolucionada. Y es que únicamente así se negará toda expresión fabricada.

Es indudable que toda sociedad debe evolucionar acorde al tiempo que vive. La nuestra, si algo tiene de particular, es la capacidad y el talento para mostrar sus tradiciones y costumbres; por lo que lo habitual es rico en expresividad, sin que esto signifique pensar que lo cotidiano debe evolucionar acorde a los favores de la moda y menos que éste lleve a la pérdida de su cualidad original.

En lo que se refiere al arte y la arquitectura, esta última comenzó en los últimos años a buscar lo ancestral; empero, con ejemplos de edificaciones que en muchos casos se muestran como réplicas frívolas o copias irrelevantes en las que solo la envoltura impacta. Esto delimita su calidad, y lo peor es que el valor de lo cultural desaparece. En cambio, los pensadores afirman que toda dualidad en el arte es una consecuencia fatal de la dualidad del hombre; un principio que busca preservar la obra original.

Por todo ello, la evolución de lo cultural supone captar la conceptualización original de cada una de sus expresiones, para luego proyectar una evolución creativa que no despoje con ligereza su esencia y menos destruya su magma. En síntesis, parecería que los croquis de costumbres, tradiciones y cultura en general debieran eludir toda intención de transcripción del pasado al futuro. Así se evitaría convertir a toda expresión cultural en simple pastiche que confunda el tiempo y el espacio de su creación.

La sutileza de una mirada distinta al porvenir nos lleva a comprender que lo que se busca es que el pasado se convierta en su “cómplice”, y que dote de sentido a lo nuevo por concebir; así, todo significado cultural logrará edificar ciudades singulares y con identidad propia.

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