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¿Será posible?

La consigna es destruir al adversario; las ideas, el debate ideológico, ya no cuentan

La Razón (Edición Impresa) / Lucía Sauma

00:02 / 04 de septiembre de 2014

Primera lección de comunicación política: saber escuchar a la gente. Es decir que los candidatos guarden silencio y presten atención a lo que tiene que decir el hombre y la mujer común. Cuando se es candidato, es recomendable aprender a escuchar, dejar de ver a las personas como votos y desarrollar el arte de la conversación.

¿Cuánto del contenido de los programas de los partidos políticos responde a las demandas de la gente? ¿Cuánto de las propuestas son reconocidas por el electorado como posibles de aplicar en sus vidas? ¿Cuántas de las promesas electorales pasarían por una prueba de realidad? ¿Con cuánta responsabilidad se han elaborado los programas de partido? ¿Con la misma irresponsabilidad con la que elaboraron las listas de candidatos en algunos casos?

El ruido electoral es demasiado fuerte, se ha centrado en el escándalo. No permite escuchar las voces que reclaman conocer, saber a cabalidad cómo se traducen las ofertas en educación, en salud, en producción, en industrialización, y con las cuentas claras para saber de dónde saldrá el presupuesto para ejecutar y hacer posible el programa electoral que ofrece cada fuerza política.

Entre tanto ruido percibimos que lo que menos importa es la propuesta inteligente, responsable, al menos en la mayoría de los casos. En ese círculo de destrucción del adversario el electorado es un mero espectador, dentro de un ring donde la atención se concentra en ver de dónde vendrá el próximo golpe, qué hará para defenderse el que lo recibió y cómo curará el morete que le quedó en el ojo.

La consigna es destruir al adversario, que es visto como enemigo y no como el competidor en la contienda. Desde ese punto de vista, valen las peleas con sillas, piedras o lo que esté a mano. Las ideas, el debate ideológico, ya no cuentan. La fuerza bruta o el golpe es más efectivo, destruye más rápido y es más atractivo para el electorado que se ha quedado como espectador disfrutando de ese moderno circo romano.

Frente a esta situación, ¿será posible que a poco más de un mes los electores conozcamos los programas de manera seria? ¿Será posible que los candidatos escuchen las demandas de la gente? ¿Será posible que los medios de comunicación ayuden a establecer una comunicación despojada de la superficialidad y la anécdota? ¿Será posible?

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