Columnistas

La presa y el libertador

Esta súplica está dirigida al joven militar para que interponga su poder a fin de libertar a la monja presa

La Razón (Edición Impresa) / Jaime Iturri

01:28 / 27 de junio de 2014

Esta historia merecería una novela, o por lo menos un cuento. La protagonista es una monja encerrada en un convento de clausura en el que ingresó a los 15 años. Han pasado 15 años más desde entonces, y ella cuenta que las lágrimas han reemplazado sus oraciones. El protagonista es un joven libertador, obligado por las circunstancias a gobernar un país difícil de entender, donde los poderosos, ayer aliados de España, hoy son furiosos patriotas que piden la expulsión de las tropas “invasoras”, que no son otras que las colombianas.

Ella se llama Inés y él Antonio José. En medio de ellos aparece una carta, que más que misiva es una súplica de una mujer que describe así su situación: “Desde la tumba de inocentes e indiscretos seres, desde el solitario recinto de un funesto claustro, albergue solo de la inocencia, y para mí cubierto de las horrendas sombras de la noche del pesar, del horror y del tormento…” (sic).

Esta súplica está dirigida al joven militar vencedor de tantas batallas, a la postre presidente de Bolivia, para que interponga su poder a fin de libertar a la monja presa: “ (…) es al héroe de Pichincha y Ayacucho, al que venció a los déspotas para que ya no haya tiranía, al que defendiendo la libertad y los derechos de la naturaleza, al que allá en su corazón ha hecho juramento solemne ante los hombres de proteger al afligido, al que ha comprobado que posee un alma justa y sensible, a él es, Señor, a quien apelo…”.

Y es un libro, Cartas para comprender la historia de Bolivia, recopiladas por Mariano Baptista, el que recoge la historia y que culmina contando que Sucre hizo las gestiones ante la madre superiora del convento para que liberaran a Inés, y que ella logró salir de la cárcel del convento.

Me imagino a la exmonja saliendo a la luz, a la alegría, al amor, en fin, a la vida. Buscando desesperadamente hundirse en el cuerpo de otro ser humano, compartir orgasmos, pasear las calles, llenarse los ojos de colores, comer lo que le dé la gana, rezar si quiere, y si no, no hacerlo… A la madre superiora, tentada a decirle no al libertador, pero sin poder hacerlo. Cediendo cuando tantos años se regodeó clausurando la puerta hacia la libertad de la religiosa rebelde… A las otras religiosas, a las que consolaron a la díscola y a las que la condenaron… Y al soldado sonriendo ante esta nueva misión de dar la libertad. Sin duda, esta historia merece una novela, o cuando menos un cuento.

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