Columnistas

¿Un presidente transformador?

Es justo decir que Obama ha triunfado, prueba de ello es lo que ha sucedido con el partido republicano

La Razón (Edición Impresa) / Fareed Zakaria

05:19 / 16 de abril de 2016

En una entrevista durante la campaña de 2008, Barack Obama explicó que Ronald Reagan había cambiado la trayectoria de Estados Unidos en una manera que Richard Nixon y Bill Clinton no lo hicieron. Claramente, Obama aspiró ser un presidente transformador como Reagan. A estas alturas es justo decir que ha triunfado. Observemos lo que ha sucedido con EEUU, su partido y, más revelador, su oposición durante su mandato.

La primera línea en la biografía de Obama tendrá que tratar con lo que representa: el primer presidente afroamericano de Estados Unidos. Pero lo que ha hecho también es significativo. En el despertar del colapso financiero de 2008, Obama trabajó con la saliente administración Bush, el presidente de la Reserva Federal (Ben Bernake) y miembros de ambos partidos en el Congreso para responder enérgicamente a la crisis en todos los ámbitos: fiscal, monetario y regulatorio. El resultado fue que Estados Unidos salió de la crisis financiera en mejor forma que cualquier otra economía importante.

En la política interna el principal logro de Obama es la atención médica, en donde fue capaz de aprobar una ley gracias a la cual el 90% de los estadounidenses ahora cuentan con un seguro de salud. A pesar de que la ley tiene algunos problemas, logra un objetivo articulado primariamente por Theodore Roosevelt, 100 años atrás. También está la transformación de la política energética de Estados Unidos. La administración ha realizado fuertes inversiones y ha dado una variedad de incentivos para colocar a Estados Unidos en la vanguardia de la nueva revolución energética. Un ejemplo de ello: bajo el mandato de Obama, los costos de la energía solar se redujeron en 70% y la generación solar aumentó en 3.000%.

Finalmente, Obama ha perseguido una nueva política exterior, construida con base en las lecciones de las últimas dos décadas, que limita la participación de Estados Unidos en establecer un orden político en Oriente Medio; y en su lugar, se enfoca en la lucha antiterrorista. Esto ha liberado a la administración de perseguir nuevos enfoques con países como Irán y Cuba y dirigir atención y recursos a la zona de Asia-Pacífico, la cual en pocos años será el hogar de cuatro de las cinco economías más grandes del mundo. Tal como Reagan solidificó la posición ideológica del partido republicano (alrededor de mercados libres, libre comercio, una política exterior expansiva y una perspectiva optimista), Obama ha ayudado a empujar al partido demócrata a estar más dispuesto a utilizar el gobierno para alcanzar fines públicos. Y su partido ha respondido.

En la mencionada entrevista realizada durante la campaña electoral de 2008, Obama señaló que Reagan no cambió a Estados Unidos solo; sacó partido de un cambio en el ambiente nacional. Se podría decir lo mismo actualmente. Los años en los que hubo sueldos estancados, una creciente desigualdad y una crisis financiera crearon una nueva atmósfera política en EEUU, que Obama ha ayudado a moldear.

Sin embargo, el mayor impacto de su presidencia se puede ver en su oposición, el Partido Republicano, que se encuentra en medio de un colapso ideológico. Al examinar esta escena, Daniel Henninger, columnista conservador de The Wall Street Journal, escribe: “Obama está cerca de destruir a sus enemigos políticos, al Partido Republicano, al movimiento conservador estadounidense y al legado de política pública de Ronald Reagan”. El éxito de Obama en este aspecto, si se puede decir, es pasivo. Permitió que sus oponentes se autodestruyesen y nunca exageró.

Desde el primer mes de su presidencia, el Partido Republicano decidió que Obama era un socialista radical al cual debían oponerse, sí o sí. Obama no cayó en el engaño, gobernó desde la centro-izquierda. Consideremos su primera administración, integrada por ultracentristas en política económica como Timothy Geithner y Lawrence Summers; un exgeneral, James Jones, como asesor de seguridad nacional; Hillary Clinton como secretaria de Estado; y un fiel republicano, Robert Gates, como su secretario de Defensa.

No fueron solamente las acciones. Durante las negociaciones presupuestarias, Obama realizó una concesión en la reforma de la seguridad social más grande que la que ningún demócrata haya realizado jamás, en la cual acordó reducir el aumento automático anual de beneficios, enfureciendo a la base demócrata. Los republicanos lo rechazaron, cosa que seguramente lamentarán, dado que es muy poco probable que una propuesta en tal sentido vuelva a ser ofrecida otra vez por los demócratas (ni por los republicanos, si gana Donald Trump).

Quizás porque fueron incapaces de catalogar a Obama como a un socialista, o tal vez por otras razones, varias de las retóricas republicanas en contra del Mandatario rápidamente se tornaron personales, con insinuaciones acerca de sus orígenes, raza, religión, fe y su lealtad al país. Una vez más, Obama nunca arremetió; demostró disciplina incluso mientras su oposición crecía ferozmente. Cuando Obama mantuvo su dominio propio, el Partido Republicano descendió más profundamente en las políticas de identidad, y flirteó con reivindicaciones raciales, religiosas y étnicas; también alejándose de los preceptos centrales de un gobierno limitado, mercados libres y libre comercio. El resultado ha sido una implosión ideológica y no resulta claro qué emergerá de los escombros. Obama ha sostenido en repetidas ocasiones que uno de sus principios en política exterior es “no hagas cosas estúpidas.” Parece que esta premisa también funciona en política doméstica.

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