Columnistas

Un presidente verde

La ética y la política son incompatibles, dicen los zorros que saben más por viejos que por diablos.

La Razón (Edición Impresa) / Óscar Díaz

00:39 / 21 de enero de 2013

Al cierre de un nuevo año de mandato sin pena ni gloria, el Presidente no tiene muchos motivos para alardear; esto, sin embargo, no debe preocuparlo: la circunstancia exige baño de popularidad (para aparentar una gran adhesión) pero la política moderna admite la deshonestidad (la falta a la verdad, el vivito y coleando “gato por liebre”). Santa política que como por arte de magia redime a todos, incluidos cínicos e incapaces.

El Presidente, indígena campesino pero buen político, tiene algo de recorrido en las lides del disimulo. Del disimulo de la verdad. “Nada por aquí, nada por allá”, el último de sus espectaculares actos de magia es el de la exageración de la victoria del acullico, un truco que cualquier novato en discursos progres descubre hasta con parpadeo. (Aclaración a los prolíficos bobos reduccionistas del “todo o nada”, “blanco o negro”: Estar en desacuerdo con el “progre” de hoy no significa aplaudir a sus contrarios).

En ocasiones, modestos toques de ilusionismo se ven compensados con una gran visión pueblerina. Es el caso del Presidente, que se da el lujo de celebrar lo ocurrido en la ONU machaconamente todos los días ante 500 personas; como no podía ser de otra manera, lo hace estimulado por el sabor de boca que le deja el haber reivindicado la costumbre de sus ancestros. No es para menos: logró un nuevo enclaustramiento, el del pijcheo.

Qué importa, hermanas y hermanos (así les enjabona las orejas), la “coca no es cocaína” (el símbolo ante todo).

“Engañosa es la gracia y vana la hermosura”, dice la Biblia. “Mejor puede usar de sus apetitos el que mejor los puede encubrir”, Séneca. Y este mismo, también: “Fácilmente cree el desdichado”. Quizá no sea un mero problema presidencial, o de inherencia política: “sólo somos honestos cuando niños, y ya después en el sepulcro” (Hesse).

La ética y la política son incompatibles, dicen los zorros que saben más por viejos que por diablos; así también nos lo han enseñado —a propósito defaunas— los políticos, tanto de derechas como de izquierdas. Porque, con la ética política nuevamente en entredicho debido a la corrupción en las barbas del Presidente socialista, ¿en qué posición queda la esperanza del cambio post     neoliberal? Parece que Lord Acton tenía razón: “El poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Simuladores, abstenerse. El trastorno de la realidad por cualquier político avezado no cabe ahora que los bolivianos tienen los ojos abiertos al en gaño, a la trampa del fascinador. O la política se alinea con la ética, o ésta se pudre en el fango de aquella y la sociedad cae para siempre en el abismo de la iniquidad.Bolivia, económicamente hablando, no crece al ritmo que necesita, y pese a la pobreza reinante, tiene miles de millones de dólares ocultos debajo del colchón financiero del Banco Central. En la lógica del que se ufana por ganar una carrera que corrió solo, el Presidente viene de comparar la triunfante hoja de coca con la adelgazada moneda que, paradojas de la vida, sirve para medir aquellos valiosos ahorritos. La comparación verde es otro número de magia. Pobre magia, sin galera ni conejo.A propósito, siete años es un número apreciable, suficiente para que cualquier fruta de desarrollo lento, madure (y cuidado que cuando madura, fruta no disfrutada, fruta malograda). ¿Siete años esperando la Suiza prometida no es un tiempo excesivo para tanta gente ilusionada con el mago de la chompa roja? ¡Ah, “verde que te quiero verde”...! Siete años después, Bolivia está como su presidente: ¡verde! El color de la esperanza, pero de la que no se pinta nunca.

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