Columnistas

El pueblo y el poder

Es el momento en que la violencia se convierte en un medio de participación política

La Razón / José Gramunt de Moragas

00:45 / 18 de marzo de 2012

No trataré aquí sobre la inseguridad ciudadana que reina en el país; ni sobre las quejas de ciudadanos pacíficos que son víctimas de los más cobardes delincuentes, sea en forma individual o en patotas salvajes. Ni me referiré a los “cogoteros” y violadores que día por medio cobran sus víctimas en personas pacíficas. Me referiré a esa otra violencia que son los bloqueos de caminos, o las peleas violentas por la definición de unos límites municipales o departamentales que debieron ser trazados muchos años atrás. Hechos que en realidad son delitos contra la paz pública.

La histórica inestabilidad política nacional, la incuria administrativa de los diversos gobiernos y, lo más importante, el mal funcionamiento o la total obstrucción de los canales de comunicación entre los gobernantes y los gobernados fueron agravando el divorcio entre los detentadores del poder y la ciudadanía. Es un hecho comprobado que cuando fallan, se interrumpen o se han destruido las estructuras intermediarias entonces  los insatisfechos —con razón o sin ella— se hacen sentir en la única instancia que les queda: la calle. Cuando esos movimientos de masas son pacíficos e incluso silenciosos hablan por sí mismos y son propios de gente muy educada cívicamente. Cuando sueltan groserías y “mueras” a diestra y siniestra, son gente intemperante muy indignada. Cuando se zurran a bofetadas y bastonazos, son muy brutos. Es el momento en que la violencia se convierte en un medio de participación política, la única forma de hacer llegar su mensaje a los gobernantes, sean nacionales departamentales o municipales.

Pero también son una ocasión más de la ingobernabilidad que hoy lamentamos.

Estos resultados negativos para la “tranquilidad en el orden” —que así definía la paz el gran Santo Tomás de Aquino— se agravan en la medida en que los instrumentos del poder político y económico se monopolizan. De hecho, la nueva clase —la crème del MAS, para ser más explícito— ha ido acaparando el poder en todas sus dimensiones.

Pero no ha dado cumplimiento a las demandas de varios sectores sociales que ahora se manifiestan contra el régimen, tachándolo de engañoso e incumplido. La falta de cumplimiento de las promesas no es tanto porque fueran mucho más allá de lo común, sino por incapacidad de quienes debían poner en marcha lo ofrecido. Salvando las excepciones que merezcan salvarse.

Nadie ignora que las concentraciones, marchas, bloqueos de protestas le cuestan al país millones de dólares —“Es la economía, estúpido”— y también le cuestan decenas de años de atraso —“Es la politiquería pueblerina, estúpido!”—. Los millones de dólares pueden tal vez recuperarse gracias a la bonanza económica alimentada por los buenos precios de las materias primas. Pero las decenas de años de atraso perdidos no se recuperan y  condenan al país a la categoría de los que no logran salir de las piadosamente llamadas “vías de desarrollo”.

Para tranquilidad de los gobernantes actuales, diremos que estas reacciones callejeras no pretenden el derrocamiento del Gobierno y mucho menos el magnicidio de su gran jefe, tal como lo proclama el Gobierno cada vez que las cosas se ponen peor. Pueden ciertamente significar un previo aviso para que las autoridades concernidas tomen buena nota y, no se hagan los sordomudos ante las necesidades del país, sino que actúen como es su deber, para la consecución del bien común de toda la sociedad.

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