Columnistas

A puño limpio

En estos ritos las personas igualan sus diferencias entre parcialidades opuestas a puño limpio

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

00:05 / 04 de mayo de 2014

Eran las tres de la tarde, un día nublado. No sabía cómo llegar a mi casa, tenía el ojo en tinta y mi labio parecía una salchicha de Frankfurt. Ese día, al verme magullado, mi madre me prohibió que volviera al Boxing Club, que mantenía Alberto Villamil, el campeón de peso mosca que enamoraba con su ahijada Encarnación. De aquello me queda la afición a saltar pita y el entrenamiento más poético y teatral: hacer sombra, es decir, pelear con la propia sombra. Me pongo una lámpara detrás y combato generalmente al ritmo de una morenada o jazz de Chuk Mingione. Nadie sale lastimado y es una manera de soltar los demonios imaginándose el rostro de los personajes detestables.

El más antiguo relato sobre un combate pugilístico del que se tenga registro está en La Iliada. En Delfos, Apolo recibía sacrificios en su calidad de dios de los pugilistas, por haber luchado en Olimpia con Ares. Teseo es considerado como el verdadero creador del combate con los puños; y el rey Amico, el inventor de la “cesta”, hecho de tiras de piel de buey que se enrollaba alrededor de la mano y el antebrazo, uno de los primeros guantes de box. A este rey también se le atribuyen los primeros reglamentos y el punching ball y el punching bag que aparecen en los vasos griegos.

Durante mil años Grecia fue el centro del boxeo, y su relación con las divinidades fue perdiéndose hasta degenerar en el Imperio romano, en la que perdió su carácter religioso para convertirse en un espectáculo de diversión, con púgiles que eran esclavos, prisioneros de guerra o condenados a muerte. Con la llegada del cristianismo, éstas prácticas cayeron en descrédito y el boxeo cayó en el olvido hasta el siglo XVIII, cuando un púgil inglés lo rescató.

En los territorios de Aby Ayala también teníamos nuestros púgiles prehispánicos en Macha, con la celebración del Tinkuy (encuentro en aymara y quechua) que tiene, hasta el día de hoy, una significación ritual para solicitar, a través de la sangre de los combatientes, la fertilidad de la Pachamama. Luego del rito, que se celebra el 3 de mayo, se deben evitar conflictos entre las diversas parcialidades de abajo y de arriba. Según Bouysse, es un proceso de igualación o paridad de los opuestos. El 5 de mayo se ve claramente la Cruz del Sur sobre el Illimani, cuanto más clara y brillante es, significa que tendremos un año bueno, no faltará alimento y tendremos muchos nacimientos. En estos ritos hombres y mujeres igualan sus diferencias entre parcialidades opuestas a puño limpio, con el fin de lograr el bien común. Ese es el premio, que tiene alguna semejanza con las primeras etapas de la Grecia clásica, donde los ganadores de las Olimpiadas eran objetos de honores y de laureles para satisfacción de las divinidades complacidas con sus triunfos.

Nuestro país tuvo sus glorias, como Cornelio Yapura, quien protagonizó brillantes actuaciones a nivel internacional, y a partir de allí vino una sequía que parece haber terminado con una púgil femenina que se perfila como una deportista de renombre internacional. Entre los recuerdos más alucinantes del pugilismo boliviano están los combates de Wálter Tatake Quisbert, un gigantón cochabambino que nos representaba en los juegos Odesur.

Asistí a varios de sus combates, una extraña mezcla de espectáculo bufonesco con varieté cholo. Así vi cómo le rompió dos costillas a un peso pesado venezolano, con una pinta de Tarzán apolíneo que cometió el error de sacarle “chocolate” al Tatake, quien, sin ninguna elegancia, se la limpió con el antebrazo, adquirió una expresión demoníaca y lanzó un waracazo de 100 kilos que el púgil caribeño eludió con una finta felina, pero no pudo evitar el retorno del golpe con el dorso de la mano que hizo retumbar el coliseo de la calle México con un ¡Uhhhhh! del público. Tarzán estaba tendido y atendido, y el público deliraba con la medalla de oro. Tal vez Jennifer López tenga la magia para provocar alegrías a puño limpio.

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