Columnistas

Un punto y una raya

Las fronteras son líneas imaginarias,  defendidas por la fuerza de las armas de los Estados

La Razón / Chacharpaya - Gustavo Rodríguez

00:00 / 17 de febrero de 2013

Hace varios años escuché cantar a Soledad Bravo: “Entre tu pueblo y mi pueblo / hay un punto y una raya. / La raya dice no hay paso / el punto, vía cerrada. / Porque estas cosas no existen / sino que fueron trazadas / para que mi hambre y la tuya estén siempre separadas”.

Buenos tiempos aquellos en los que creíamos, como el Viejo Topo, que los proletarios no tenían patria y que las fronteras se derrumbarían como las murallas de Jericó, ante las trompetas de las fuerza revolucionarias. Ahora sabemos que las fronteras son líneas imaginarias, construidas históricamente, y defendidas por la fuerza de las armas de los Estados. Las guerras son en rigor poderosos nacionalizadores para los que ganan, pero también para los que pierden. A fines del siglo XIX, la oligarquía chilena, tras definir y expandir sus límites territoriales de la situación que le legó la Colonia, arrebatándole tierras y dominios al pueblo mapuche, se lanzó en otra guerra de conquista contra Bolivia y Perú. Los resultados son conocidos, Bolivia perdió el acceso al mar y Perú la provincia de Tarapacá. Es menos conocido que, para consolidad sus nuevas fronteras, Chile tuvo que desarrollar una política nacionalizadora en los territorios recientemente conquistados.

Sergio González Miranda, importante historiador chileno, ha desentrañado con perspectiva crítica esta política en el caso de Iquique y Arica, no exenta de xenofobia por parte de su Estado. La “chilenización” de la población peruana supuso desde el cambio de los símbolos patrióticos y fidelidades nacionales, pasando por la orientación de la escuela, hasta políticas de fuerza, para que esa población vencida terminara aceptado las nuevas fronteras como suyas. No reparó en nada al punto de castigar y expulsar a cientos; tanto por “cholos” como por peruanos.

No existen estudios semejantes, aunque quizá la situación no debió ser diferente en Antofagasta, Calama y en otras poblaciones bolivianas. ¿Qué ocurriría con los indígenas aymaras, que practicaban la trashumancia y se desplazaban centenariamente de un lado a otro de la altiplanicie y la cordillera, sin pasaporte alguno? ¿Se trizaron sus terrenos y comunidades? ¿Cómo quedó su control de pisos ecológicos? Saberlo es una tarea pendiente de la historiografía boliviana.

Recientemente desorientados y para nada agresores o invasores, tres jóvenes soldados bolivianos cruzaron hace días la imaginaria frontera, para introducirse en territorio chileno; en un límite que sólo un avezado baqueano podría reconocer centímetro a centímetro.

En otras circunstancias, el incidente habría supuesto una negociación diplomática, de tramitación normal y rápida. Pero para su mala fortuna ocurrió cuando los Estados, el chileno principalmente, requerían despertar el orgullo nacional y dejar en claro que la fuerza está por encima de la razón. El trío compatriota es enarbolado desde Santiago por el presidente Sebastián Piñera como una advertencia seguida de punición; en verdad, son rehenes de Estado.

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