Columnistas

Sin puntos aparte

Las vidas más dilatadas y útiles  no alcanzan para nada más que para aprender a vivir...

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

00:05 / 15 de marzo de 2015

Se murió Líber Forti a los noventa y cinco años de sus tablas. Se murió Gabo a sus ochenta y seis. Se murió Lucindo a sus setenta y dos, pero Alcira vive todavía a sus noventa y siete, y vive el poeta Birri cumpliendo hoy sus noventa.

Hay quienes se van pronto y dejan vacíos inmensos. Hay quienes viven largo y bien: lúcidos, creadores, tiernos e inspiradores hasta el último minuto. Y hay quienes, como el patriarca de García Márquez, se mueren justo cuando menos lo quiso, cuando al cabo de tantos y tantos años de ilusiones estériles había empezado a vislumbrar que no se vive, qué carajo, se sobrevive, se aprende demasiado tarde que hasta las vidas más dilatadas y útiles no alcanzan para nada más que para aprender a vivir...

Nuestra cultura ancestral apreciaba la longevidad y le daba el puesto de consejeros especiales a aquellos que habían vivido lo suficiente como para aprender a vivir. Los ancianos eran, antes, los que ayudaban a los jóvenes a tomar las más importantes decisiones. Pero las culturas antiguas tenían también una sabiduría más: entre los esquimales el anciano que sentía que había dejado de contribuir, tomaba su arpón y salía en medio del invierno a su última cacería. Se despedía de sus hijos y nietos sin aspavientos, y ellos lo dejaban ir sabiendo que lo encontrarían recién el próximo verano, cuando las nieves se hayan despejado.

Los seres humanos hemos desarrollado muchas cosas por temor a ese último invierno: hemos inventado mitos y dioses, cielos e infiernos; hemos comprendido el mundo microscópico y explorado el espacio exterior; hemos construido hospitales y hemos desarrollado asombrosas técnicas para prevenir y curar enfermedades, intervenir en nuestros cuerpos y alejar el fantasma de la muerte, que tanto nos asusta. Qué siempre será la vida, que la estiramos como masa de buñuelo sin importarnos los hoyos que vamos creando en la memoria, en la dignidad, en la propia sobrevida.

Hace falta leer una vez más El otoño del patriarca para entender lo fútil de la eternidad, lo triste que puede ser una vida alargada más allá de lo verosímil y más allá de lo digno. Pues el otoño llega cuando llega, para algunos en marzo y para otros en julio, al final en este país sin estaciones eso poco importa. Quizá importa más recordar otra de las enormes enseñanzas de nuestros antepasados: hasta los muertos más remotos pueden estar presentes en la vida diaria, a través de los sueños, a través de los altares de noviembre, a través de la coca. No hay un abismo entre este mundo y el otro: hay solo un río delgadito y lechoso, que pueden ellos cruzar cada año para visitarnos. No hay cielo, no hay infierno, no hay purgatorio: hay solo el breve tiempo en que vivimos aquí, aprendiendo a vivir hasta morirnos. Qué vaina. 

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