Columnistas

Lo que queda al final de la jornada

Al final de la jornada muchos alimentos, que podrían tener un mejor destino, se destruyen.

La Razón (Edición Impresa) / Freddy Morales

00:00 / 20 de enero de 2018

En Europa, el excedente de la producción de alimentos se quema. El motivo es que si se pusiera todo lo que sobra al mercado, la saturación de productos haría bajar los precios, y ese es un lujo que ni los productores ni los países pueden darse, ya que en las naciones ricas este rubro está, por lo general, subvencionado por el Estado. No importa si en el continente de enfrente, África, hay países donde miles mueren de hambre. El alimento excedente se quema.

Hasta ahí la historia es terrorífica. Y uno no puede dejar de pensar que es una actitud poco menos que salvaje de una sociedad que se precia de muy avanzada. Pero hay algo aún más terrible. En Bolivia, país del tercer mundo (por lo tanto, con un nivel de pobreza significativo), se hace lo mismo: se queman los alimentos sobrantes, los que no se venden según la cotización de la jornada.

Sucede en algunos supermercados. Alimentos procesados que deben parecer muy frescos para el consumo en el día, como debe ser, si al final de la jornada no se venden, se destruyen. Constituye un excelente concepto en cuanto atención al cliente se refiere el no poner a la venta alimentos del día anterior. Pero también es, sin duda, un concepto cruel e inhumano.

No se trata de criticar o condenar a los dueños de esos supermercados que, según se sabe —y a veces se ve—, hacen mucha obra social con donaciones periódicas a orfanatos y etcéteras. De lo que se trata es de derramar una lágrima por los alimentos que al final de la jornada se destruyen y que podrían tener un mejor destino: la boca y la barriguita de vecinos nuestros que, con mucha frecuencia, se acuestan y despiertan con hambre.

Por ejemplo, se podría desarrollar una estrategia adicional a la de la importante obra social que ya realizan algunos supermercados. Total, si estos alimentos no vendidos se regalaran, al final de la jornada el negocio no se vería afectado en nada. Quienes recibirán estos alimentos igual no pueden comprarlos, ni a su precio ni más baratos. Y los que los venden, pues, ya no hay caso. Por eso los destruyen.

Si se hiciera público que al final de la jornada algunos alimentos serán donados, se armaría un caos. Y debe haber días en que no sobra nada y otros en los que queda poco. Y eso no lo entenderían nunca aquellos que se hicieron la ilusión de que esa noche iban a comer. Podría, entonces, desplegarse una estrategia secreta, muy fina, mediante las oficinas de ayuda a los pobres que por ejemplo tienen las iglesias, y que saben exactamente dónde aprieta el hambre. Y una noche podrían llegar unos panes y otra no. Y así, de sorpresa en sorpresa, la vida podría ser una nadita menos dura. Porque hasta donde se sabe, lo que sobra es poco, pero para quien no tiene nada…

Es verdad que lo que queda es poco al final de la jornada. Y habrá quien diga que esto no soluciona nada, que el problema es estructural, que el asistencialismo es malo y demás etcéteras. Pero me gusta la frase “no compartimos lo que nos sobra, sino lo poco que tenemos”, enunciada por la solidaridad cubana tras medio siglo de bloqueo internacional. Y aquí de lo que se trata es, nada más y apenas, de que lo que quede al final de la jornada no sea consumido por un horno, sino por un ser humano.

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