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Aún quedan pálidos soles

Los nuevos cuentos de Antezana (un par de ellos, sublimes, de antología)  asustan y perturban, estremecen.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo / La Paz

00:24 / 30 de agosto de 2017

Un chango debuta como cazador con la presa de su odioso padre; dos viejitos hallan en el porno el remanso cotidiano después de la violencia y la infidelidad; una viuda vaciada y dañada lame la herida que venera; una mujer expía una culpa antigua amando a un bicho; otra mujer se castiga a causa de un esposo amnésico; y una madre deja la puerta entreabierta para que su hijo vea cómo se toca por las noches. Son los nuevos cuentos perturbadores y oscuros de Sebastián Antezana reunidos en su último libro: Iluminación (editorial El Cuervo).

Antezana irrumpió en el panorama de las letras bolivianas hace casi 10 años. En 2008 un veinteañero narrador paceño (nacido en México, de familia de escritores y exayudante de cocina con estudios literarios en Leeds, Inglaterra) sorprendió ganando el Premio Nacional de Novela con una obra llamada La toma del manuscrito, tan poderosa que algunos incluso pensaron que era un gran plagio.

Tres años después, Antezana la volvió a hacer, esta vez con una gran novela negra, El amor según (El Cuervo, 2011). Zimmer, expolicía, llora la huida-muerte de su mujer, Mariana, una fotógrafa de éxito y provocación; un hombre roto que empieza a amar justo cuando comienza a perder. Era el amor, según Antezana: lento, incoloro, duro, tan terrible como arma que daña. Amor y dolor, rimando. Y después, el vacío como la fuerza que anima al mundo. ¿Qué se ama cuando la persona amada se ha ido, cuando no nos queda un cuerpo?, es la pregunta. La segunda obra de Sebastián era terror en estado puro, sin escapatoria, sin luz al final y sin túnel.

Antezana volvió al extranjero, esta vez a Nueva York (Universidad de Cornell) a seguir estudiando, a seguir escribiendo, solo, lejos del ruido de la familia y los amigos. Pasaron los años. Dicen que estaba metido en un gran proyecto de novela; que sus lectores no daban más de ansiedad, dicen. Entonces, el editor de El Cuervo, Fernando Barrientos, obra el milagro y lo convence para reunir en un libro sus últimos cuentos. Han pasado siete años más. Se llamará Iluminación. Y el título no será casual. El talento natural para narrar sigue ahí, la habilidad para construir personajes está intacta, la oscuridad reina de nuevo, la mohosa y maligna normalidad carga los hombros de todos. Pero un pequeño sol se adivina al final y ahora hay túnel: la felicidad.

Los nuevos cuentos de Antezana (un par de ellos, sublimes, de antología) son crueles y destructivos, morbosos e hipnóticos, asustan y perturban, estremecen. Las pequeñas tragedias se suceden una tras otra y es sabido que no hay tragedias chicas para quien las tiene que soportar. ¿Quiénes somos? ¿Qué somos? “Estoy definitivamente del otro lado, con los parias de siempre, afilando el cuchillo”, dice el epígrafe de Iluminación, citando a Juan Goytisolo. Por ello, o quizás por lo contrario, en los cuentos abundan los animales: una fauna de todo pelaje, dentadura y ralea. Los relatos con animales salvajes, dijo una vez Ricardo Piglia, son los únicos que valen la pena narrar. El bicho, como nuestra cara oculta; la animalidad, como parte de nuestra naturaleza carnal; las heridas abiertas y la sucesión de ritos cotidianos (los viejos hombres que miran porno gay y lo que se crea entre ellos cuando lo ven), como pobre salvación para llegar a tocar esos pequeños soles; el sexo, como (auto)castigo; el deseo, como salvoconducto; la realidad, como un (feo) lugar doble.

La tragedia no siempre tiene una dimensión heroica, dice Ovidio. Pero hunde y eleva a los personajes hacia su destrucción, añade Antezana: Y el Sebas (solo por esta vez) los perdona y salva, les regala rayos de esos pálidos astros. Están, los personajes de Antezana (como nosotros), soñando con días felices, a pesar de los pesares, a pesar de los amores dolorosos, de las pérdidas y obsesiones, de las locuras y accidentes, de los miedos y la necesidad de sentir dolor, de los fantasmas, adelantos de nuestra propia ausencia. Aún son capaces de lidiar con la cotidianidad. Aún quedan algunos pequeños placeres, tibios soles.

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