Columnistas

No queremos mártires

‘No hay que dar la vida muriendo, sino trabajando. Fuera los slogans que dan culto a la muerte’ (Espinal).

La Razón (Edición Impresa) / Xavier Albó / La Paz

00:02 / 29 de marzo de 2015

El mejor homenaje que podemos hacer a Lucho a los 35 años de su martirio, ahora que el papa Francisco ya reconoció oficialmente como mártir al obispo Óscar Arnulfo Romero (San Romero de América), quien murió por las mismas fechas, es reproducir lo que el propio Espinal dejó escrito sobre los mártires en el cajón de su escritorio en el Semanario AQUÍ.

Luis estaba muy consciente de esa posibilidad. No le faltaron notas anónimas, que él guardaba para sí, pero era imposible ocultar el dinamitazo al semanario. Temía la muerte, como todo mortal, pero nunca dejó de hacer lo que le parecía correcto para escapar a sus consecuencias. Lo expresa en las frases finales del texto que copio más adelante, y que han sido reproducidas en la placa que está donde encontraron su cadáver.

Cuando su hermano jesuita Lucho Palomera le recomendó que se cuidara, le respondió: “Cuídeme o no, si me quieren matar, igual lo harán”. Dijo a su hermana religiosa de clausura, en la última de sus comunicaciones, tras el atentado al semanario: “Quédate tranquila, no sufras si algún día me pasa algo, porque ya lo tengo asumido y ofrecido”. Había logrado esa gran libertad de espíritu de quien, sin buscar temerariamente la muerte, tampoco queda frenado por el temor a ella…

“El país no necesita mártires, sino constructores. No queremos mártires, así se queden vacías las horas cívicas. El mártir es un personaje vistoso, demasiado emotivo; es el último refugio para los ‘héroes’ revolucionarios, sobre todo si proceden de la pequeña burguesía.

El mártir es demasiado vistoso. Y los personajes vistosos no sirven para el socialismo; piensan demasiado en sí mismos. El mártir es el último aventurero; en otro siglo, pudo haber sido un pirata o un negrero. El mártir es un individualista equivocado de lado.

El mártir es un masoquista; si no puede vencer en el triunfo, procura sobresalir en la derrota. Por eso le gusta ser incomprendido y perseguido. Necesita al torturador, inconscientemente lo crea.

¿El mártir, no será un flojo? No tiene la constancia para vivir revolucionariamente; por eso quiere morir, en espera de convertirse en un personaje de vitrina. Porque el mártir tiene algo de figurón y de torero.

El grupo político desplazado tiende a la mística del martirio; procura sublimar la derrota. En cambio el pueblo no tiene vocación de mártir. Cuando el pueblo cae en combate, lo hace sencillamente, cae sin poses, no espera convertirse en estatua. Por ello, necesitamos videntes, políticos, técnicos, obreros de la revolución; pero no, mártires. No hay que dar la vida muriendo, sino trabajando. Fuera los slogans que dan culto a la muerte. Alguien dijo: ‘El peso lo llevan los bueyes, y no las águilas’.

Para la revolución social desconfiemos del entusiasmo adolescente. Los mártires son adolescentes. Y hay adolescentes de 50 años de edad. La revolución es algo demasiado serio para tomársela a la ligera. La revolución es violenta; es una operación quirúrgica social; por eso no hay que entusiasmarse con el bisturí.

Dicen que la revolución es laica; pero si nos descuidamos podemos caer en todos los mitos idolátricos de culto a la personalidad, al esfuerzo, al melodrama... Pero revolución y melodrama no combinan. / Porque la revolución necesita hombres lúcidos y conscientes; realistas pero con ideal. Y si un día les toca dar la vida, lo harán con la sencillez de quien cumple una tarea más, y sin gestos melodramáticos”. (Luis Espinal: No queremos mártires, 1980).

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