Columnistas

Racismo y reacción

Aquí lo que está en cuestión sigue siendo lo más básico: la igualdad de los ciudadanos como seres humanos

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Molina *

06:36 / 26 de diciembre de 2019

Aunque desde un punto de vista “técnico” las clases sociales pueden clasificarse en altas, medias y bajas, desde un punto de vista político se dividen en clases explotadoras y explotadas, escribió René Zavaleta. Parafraseando este razonamiento, diremos que, si desde un punto de vista teórico la derecha y la izquierda bolivianas (el progresismo y la reacción) se demarcan por su posición respecto al papel del Estado en la sociedad, etc., en la política real, la línea que separa a ambos bloques es el racismo. Las fuerzas y los individuos que no practican el racismo conforman la izquierda/el progresismo práctico. En tanto que las fuerzas y los individuos que lo exhiben forman la derecha/la reacción efectiva, sin importar cómo se reclamen a sí mismos en otros planos.

Las adhesiones de estas facciones a las abstracciones de la filosofía política, como la elección entre libertad negativa o positiva, que en otras partes resultan lo fundamental, aquí suelen ser, como dice Zavaleta, “alienaciones”. Aquí lo que está en cuestión sigue siendo lo más básico: la igualdad de los ciudadanos como seres humanos. En otras palabras, aquí todavía hace falta “una Revolución francesa”, que ni siquiera el proceso comenzado en 1952 pudo concretar plenamente.

Como hemos visto en estos días, el feudalismo permanece entre nosotros, agazapado en las mentalidades. Cada vez que alguien dice “indio de mierda”, hace rebrotar el feudalismo y su jerarquía de castas en el plano simbólico. Cada vez que una familia de clase media enloquece de terror por lo que los indios pueden llegar a hacerle en un momento de vulnerabilidad, la Colonia vuelve a existir.

La tarea pendiente en Bolivia sigue siendo la del progresismo europeo del siglo XVIII y XIX: emancipar a los seres humanos de sus cadenas de nacimiento (no de la condena de ser q'ara o ser t'ara, sino del hecho de que serlo implique una condena). Una tarea liberal, con la salvedad de que hoy la mayoría de los liberales bolivianos definitivamente no luchan por esto, y más bien se le oponen, entregándose, en cambio, a alienaciones ridículas sobre una sociedad sin Banco Central o sin Servicio Nacional de Impuestos.

El racismo propio (de estos liberales que no lo son, de los reaccionarios en general) les impide ver el racismo en tanto fenómeno social. O dicho de otra manera, quienes son blancos se benefician de la suposición social de que los privilegios raciales constituyen el statu quo, la normalidad.

Hace poco, el actual Embajador boliviano en Estados Unidos dijo textualmente en un foro al que asistí: “No hay racismo en Bolivia, todos los bolivianos somos indígenas”. Los únicos que pueden decir esto, claro está, son los blancos como él. Los indígenas reales están embarcados en diferentes estrategias para convertirse en blancos o para aferrarse a su identidad contra los blancos, y no van a creer, excepto por alienación, que en realidad los blancos no existen.

En este país los blancos han existido intensamente, han existido soberanamente. Por siglos aquí ha bastado ser blanco para mandar en el mercado, el restaurante, el trabajo y la vida cotidiana. Y también, con algunas excepciones, en el Parlamento y la política. Negar el racismo, entonces, es negar esta historia: por eso resulta estratégico para quienes son los “culpables” y los beneficiarios de la misma.

En cuanto a esos indígenas notables que, sin llegar a tanto como negar el racismo, no aceptan que la línea que divide a los bolivianos es su actitud respecto a la cuestión étnica, preguntémonos lo siguiente: ¿cuánto de esa su notoriedad y aceptación social depende de ello? Ellos son los “indios buenos”, los que, como los caciques coloniales, apoyan el orden social por el deseo inconsciente de mimetizarse con él, de volverse “blancos honorarios”. Convierten así su ilusión personal en una condición social, imaginando una Bolivia que es, en el fondo, la proyección de la visión sociológica de los blancos sobre sus propios cerebros.

* es periodista

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