Columnistas

La raíz de los males de Washington

Los miembros del Congreso pasan tres de cada cinco días de trabajo recaudando dinero

La Razón / Foro - Fareed Zakaria

00:56 / 11 de agosto de 2013

El libro político más candente del verano, Este pueblo, de Mark Leibovich, se lee en Washington tanto con vergüenza como con deleite. Es una ilustración vívida y detallada de la élite que gobierna el país, llena de cuentos de despiadadas creaciones de redes, amistades falsas y medios de comunicación sensacionalistas. Pero debajo de las jugosas anécdotas hay un mensaje deprimente sobre corrupción y disfunción.

Si está tratando de entender por qué Washington funciona tan mal para el resto del país, el libro dice que funciona muy bien para sus ciudadanos más importantes: los grupos de presión. El Gobierno permanente de Estados Unidos ya no está definido por un partido, sino por una profesión cómodamente acampada alrededor de las arcas federales. El resultado es que Washington se ha convertido en la ciudad más rica del país, y su posición relativa en realidad ha mejorado en los últimos cinco años, durante la peor recesión en 75 años. El país podría estar luchando, pero K Street no lo está.

Leibovich describe una ciudad en la que el dinero le ha ganado al poder como la moneda final. Hoy día, los grupos de presión tienen las claves acerca de lo que todos en el Gobierno —senadores o miembros del personal— están buscando secretamente: una fuente de ingresos después de su paso por al aparato gubernamental. Luego cita un informe de la revista Atlántica que dice que en 1974, sólo el 3% de los miembros salientes del Congreso se convirtieron en grupos de presión, mientras que en la actualidad, esa cifra asciende al 42% para los miembros de la Cámara y 50% para los senadores.

El resultado es una mala legislación. Miremos cualquier proyecto de ley de la actualidad: son documentos gigantescos llenos de despilfarros. La ley que creó la Reserva Federal en 1913 contenía sólo 31 páginas. La legislación Glass-Steagall de 1933 que regulaba el sector bancario tenía 37 páginas. La versión actual de esta norma, la Ley Dodd-Frank de 2010, posee 849 páginas, con miles de páginas de reglas adicionales. La Ley de Asistencia Asequible contiene más de 2.000 páginas. Los proyectos de ley son cada vez más vastos, porque contienen disposiciones, excepciones y exenciones introducidas por la propia industria a la que están destinadas,  un proceso que los académicos llaman “captura del regulador”.

A mediados de los 50, había 5.000 grupos de presión registrados en Washington. En la actualidad, hay 12.000  oficiales, y bastantes más informales, ya que miles de personas se han reclasificado como “consultores” y “asesores estratégicos”. El dinero que gastan (tanto como $us 3,5 mil millones  anualmente en los últimos años) suena importante, pero es trivial en comparación con lo que ellos son capaces de desviar del presupuesto del Gobierno: $us 3,5 millón de millones. El error que comete Leibovich en la narración de los relatos de Washington es dar a entender que los ciudadanos de la capital  de hoy en día son especialmente codiciosos o corruptos. Dudo que difieran mucho a las anteriores generaciones de agentes del poder. Pero el sistema en el que operan ha cambiado, y se han creado mayores incentivos para la corrupción.

Consideremos un solo factor (hay muchos): el rol del dinero, que se ha expandido dramáticamente en las últimas cuatro décadas. Lawrence Lessig, de Harvard, ha señalado que los miembros del Congreso pasan tres de cada cinco días de trabajo recaudando dinero. También votan considerando con extrema atención los intereses de sus donantes. Lessig cita estudios que demuestran que los donantes reciben grandes beneficios por su campaña; a veces con rendimientos de su “inversión” que harían que una empresa de capital de riesgo estuviera orgullosa. Sería una locura que la empresa no realizara esas inversiones.

En comparación con otras democracias, Estados Unidos se convirtió no sólo en un caso atípico, sino prácticamente en otro planeta. El costo total de las elecciones nacionales de 2010 en Gran Bretaña (la madre del gobierno parlamentario) fue de $us 86 millones. El costo de las elecciones de 2012 de Estados Unidos se ha estimado en cerca de 75 veces mayor que esa cantidad, es decir, en $us 6,3 mil millones. Sacar dinero de la política es un desafío gigantesco. Quizás, lo mejor que se puede esperar en su lugar sería limitar aquello que el Congreso pueda vender. En otras palabras, promulgar una reforma en profundidad del código tributario, quitando las miles de exenciones especiales, créditos y deducciones que son una corrupción institucionalizada y legalizada.

El aspecto más deprimente del libro de Leibovich es lo absolutamente rutinario en que se ha convertido todo el tráfico de influencias. En 1988, Ramsay MacMullen, un distinguido historiador de Yale, publicó un libro sobre Roma en el que en una de las cuestiones centrales de su campo cuestionó: ¿Por qué el imperio más grande en la historia mundial cayó en el siglo V? La raíz del problema, explicó, era la corrupción política que se había convertido en sistémica a finales del imperio romano. Lo que antes era inmoral pasó a ser aceptado como práctica habitual, y lo que antes era ilegal fue celebrado como la nueva normalidad. Muchas décadas después, un historiador buscando averiguar dónde Estados Unidos perdió su rumbo, podría utilizar Este pueblo como fuente primaria.

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