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¿Qué es más rápido: los neutrinos o un mito?

Este incidente es tan sólo uno de tantos ejemplos de cómo nacen y se perpetúan los mitos. La búsqueda de ese idioma perdido, o de alguno que pueda reemplazarlo, proviene de un mito.

La Razón / Umberto Eco

02:19 / 06 de mayo de 2012

Los neutrinos, de hecho, no viajan más rápido que la velocidad de la luz, reafirmaron los científicos en marzo, corrigiendo las conclusiones que se habían extraído de un experimento el pasado septiembre, el cual parecía parar de cabeza la teoría especial de la relatividad de Einstein.

Como se informó en Science, el error del pasado septiembre parece haber sido resultado de una conexión defectuosa de fibra óptica entre el receptor GPS y la computadora empleada para calcular el tiempo que tomó a los neutrinos viajar desde la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN) en Ginebra hasta un laboratorio en la región de Gran Sasso en Italia. Evidentemente, los científicos intentarán replicar el experimento para determinar si lo que no era cierto realmente es cierto. Ya veremos.

Sí me sorprendió leer que los neutrinos probablemente no son más rápidos que la luz, después de todo. También me llamó mucho la atención descubrir que la espinaca no tiene tanto hierro como se decía antes. Durante los años 30, los cultivadores de espinaca daban crédito a Popeye —y a la convicción popular de que éste debía su fuerza al hierro contenido en la espinaca— por el 33% del consumo de ese vegetal. Esta tendencia llevó a los cultivadores y vendedores de espinaca a erigir estatuas a Popeye in Crystal City, Texas; Chester, Illinois y Alma, Arkansas.

En un artículo reciente en la revista Query de Italia, Sergio della Sala y Stefania de Vito citaron una tabla de valores nutricionales publicada por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos, en la cual se muestra que 100 gramos de espinaca contienen 2.7 miligramos de hierro. Y eso es la espinaca fresca; la enlatada, como la de Popeye, sólo tiene 2.3 miligramos. En comparación, 100 gramos de hígado de pollo contienen 11.6 miligramos de hierro. Si Popeye hubiera tragado hígado de pollo con la misma avidez que consumía lata tras lata de espinaca, podría haber tomado a Superman de un tobillo y ponerlo en órbita.

Según una teoría conocida en círculos científicos como la Historia del error decimal del hierro de la espinaca Popeye, o SPIDES, (por sus siglas en inglés), E. C. Segar, el creador de Popeye, tenía la idea equivocada acerca del hierro en las espinacas debido a un punto decimal mal colocado. Se decía que en 1870 un cierto Dr. E. Von Wolff publicó una tabla en la que el punto decimal aparecía en el lugar equivocado, y que el error había sido rectificado en la década de 1930, pero Segar no sabía eso.

Tal parece, sin embargo, que incluso la hipótesis SPIDES es falsa. Los filólogos dicen que Segar eligió las espinacas para dar energías a su héroe de tiras cómicas no debido a su contenido de hierro sino por su alto contenido de vitamina A. Vale la pena echar una mirada a uno de los incontables artículos dedicados al tema: Espinacas, hierro y Popeye, escrito en 2010 por el Dr. Mike Sutton en el Journal of Criminology publicado en Internet. La historia puede parecer sin importancia a primera vista, basada como está en un personaje de tira cómica. Pero es significativa, dado el negocio multimillonario que emergió del hecho que este famoso marinero declarara que era su vegetal favorito. Este incidente es tan sólo uno de tantos ejemplos de cómo nacen y se perpetúan los mitos.

Otro pequeño detalle: en una edición reciente del diario italiano La República (que también, incidentalmente, prácticamente llamó tortugas a los neutrinos) hubo un debate acerca de la necesidad del plurilingüismo. Eso es obvio, podría usted decir, en nuestros tiempos. Pero durante algún tiempo se afirmaba que, para acabar con la Babel de idiomas, era necesario inventar un lenguaje universal vehicular, y son muchos los lenguajes de este tipo que se han propuesto, algunos de ellos excelentes, como el esperanto. Al final, sin embargo, un idioma natural —el inglés— conquistó la batalla.

Esta idea de desarrollar un lenguaje universal surgió de otro mito milenario: que en los tiempos primordiales estaba el idioma de Adam, un lenguaje perfecto que se perdió en el escándalo de la Torre de Babel. De allí proviene la búsqueda espasmódica de este idioma perdido, o de alguno que pueda reemplazarlo.

Hoy sabemos que no hay tal cosa como un lenguaje perfecto, pues los lenguajes se desarrollan espontáneamente según surgen las necesidades evolutivas de la gente. Pero hay una historia espléndida narrada por Ibn Hazm, un pensador árabe del siglo XI: en el principio, dice, había un idioma otorgado por Dios, pero este lenguaje contenía todos los lenguajes, que se separarían sólo después. De manera que el don de Adam era el poliglotismo, y por esta razón todos los hombres pueden entender las revelaciones en cualquier lengua que se expresen.

Ahora bien, ese es un excelente mito para alentar el plurilingüismo, una habilidad, incidentalmente, que será útil para perpetuar, y desvirtuar, los mitos.

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