Columnistas

Las razones de Casandra

La Razón (Edición Impresa) / Foro - Javier Cercas

00:00 / 18 de noviembre de 2018

Vuelvo al tema de nuestro tiempo: la crisis de la democracia. En todo Occidente, de unos años para acá, gentes de todas las clases e ideologías, desde financieros como George Soros hasta políticos como Alexis Tsipras, pasando por pensadores como John Gray o Yascha Mounk, vienen alertando del mismo hecho: vivimos tiempos extraordinarios, nuestra democracia (un sistema político que ha hecho más que cualquier otro por extender la paz y la prosperidad en el mundo) atraviesa una crisis existencial que puede terminar con ella y sumirnos en una nueva época de caos, violencia y falta de libertades. La Unión Europea puede desintegrarse o al menos convertir Europa, como dijo Tsipras en el Parlamento Europeo, en “un continente fragmentado, sin cohesión, sin papel en la escena internacional y sin futuro”.

Apoltronados desde hace décadas en nuestras confortables democracias europeas, convencidos de que la UE es un proyecto sin vuelta atrás, muchos se reirán de estas predicciones sombrías. Ha ocurrido infinidad de veces en la historia: hacia 1912 también la mayoría de los vieneses o los moscovitas estaban seguros de que el imperio austrohúngaro y el de los zares eran para siempre, y ambos se habían derrumbado al cabo de menos de una década. Hija de Hécuba y Príamo, Casandra pactó con Apolo que, a cambio de acostarse con él, éste le otorgara la facultad de prever el futuro. Pero una vez obtenido ese don, Casandra se negó a entregarse al dios, quien la condenó a que nadie creyese sus profecías. Ninguna de las personas mencionadas más arriba posee la capacidad de adivinar el futuro, pero todas tienen buenas razones para decir lo que dicen; unas razones que, como en 1912, están a la vista de todos, aunque muchos no quieran verlas. Casandra predijo la caída de Troya, pero nadie atendió a su vaticinio, y Troya cayó. Esperemos que a ellos no les ocurra lo mismo.

El penúltimo aspirante a Casandra es el historiador norteamericano Max Boot. Éste, a finales de agosto, publicó en The Washington Post un artículo donde contaba que el pasado verano viajó a Barcelona y se quedó petrificado al comprobar que uno de los lugares más privilegiados del mundo, cuyos habitantes gozan de una libertad y una prosperidad inéditas en su historia, estuviese agitado por protestas nacionalistas y sembrado de carteles donde se exigía la libertad para presos políticos y exiliados, “como si España fuera un Estado policial”.

Boot entiende muy bien que lo que ocurre en Cataluña no es un hecho aislado, sino una manifestación particular de un fenómeno universal: el crecimiento del nacionalpopulismo, ese movimiento que, casi siempre enmascarado de democracia radical, constituye hoy el principal peligro para la democracia en Occidente. Es el nacionalismo blanco que proclama Trump, el británico del brexit, el ruso de Putin, el húngaro de Orbán, el turco de Erdogan, el chino de Xi Jinping y el que provoca el ascenso de la ultraderecha en Europa entera, todos ellos unidos por el rechazo al otro, sea este mexicano, árabe, kurdo o español.

Boot atribuye al tedio que produce el bienestar el hecho de que esto ocurra en las sociedades más afortunadas del mundo. No seré yo quien le contradiga, sobre todo después de haber publicado una columna, hace apenas unos meses, donde hablaba del aburrimiento como carburante de la historia. Es evidente, sin embargo, que la crisis de 2008 provocó un terremoto político que, igual como ocurrió con la crisis de 1929, ha desestabilizado nuestras democracias. El terremoto de 1929 provocó el ascenso y la consolidación de los totalitarismos, y al final la Segunda Guerra Mundial; el terremoto de 2008 ha provocado la consolidación y el ascenso del nacionalpopulismo, una versión posmoderna y de momento light de los totalitarismos.

¿Qué provocará al final? Como otros, Boot es pesimista: “Occidente puede estar caminando, sonámbulo, hacia otra catástrofe”, se titula su artículo. Tampoco aquí puedo contradecirle, por desgracia, sobre todo porque, mientras escribo estas líneas, la principal ocupación de nuestros líderes políticos consiste en discutir sobre sus respectivos currículos académicos. 

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