Columnistas

La realidad europea

El BCE y Alemania insisten justamente en la austeridad que los electores italianos acaban de rechazar

La Razón / Robert J. Samuelson

00:33 / 02 de marzo de 2013

La crisis del euro ha vuelto. En realidad, nunca se fue. Pero hubo un periodo prolongado, comenzando el verano pasado, en el que las elites políticas, empresariales y mediáticas de Europa se convencieron de que lo peor había pasado. El Banco Central Europeo (BCE) —la Reserva Federal de Europa— había tranquilizado los nerviosos mercados de bonos. Italia y España, los dos países que podían desencadenar una nueva crisis, podían obtener préstamos a tasas de interés razonables, porque el BCE había prometido actuar como entidad crediticia de último recurso. Aunque las naciones deudoras aún enfrentaban épocas duras, las cosas iban, poco a poco, solucionándose. Eso es lo que se decía.

Pero ya no. La última elección de Italia echa un jarro de agua fría sobre ese optimismo. El resultado parece ser una mezcla de absurdo y anarquía. Un nuevo partido político, dirigido por un cómico profesional, Beppe Grillo, recibió el 26% del voto. El magnate y ex primer ministro Silvio Berlusconi, de quien se había dicho repetidamente que estaba políticamente muerto, se levantó de su tumba y casi ganó. Entre la coalición de centro-derecha de Berlusconi y el grupo de centro-izquierda de Pier Luigi Bersani (ganador del voto popular), existen desacuerdos importantes en cuanto a políticas a seguir y, por lo tanto, no hay demasiados cimientos para formar un gobierno con una mayoría parlamentaria.

Pero los italianos enviaron, en efecto, un mensaje. “La elección no fue sólo anti-austeridad. Fue también anti-alemana,” expresa David Smick, editor de la revista The International Economy. “La retórica de Berlusconi fue muy antialemana. En la política italiana ahora, es peligroso parecer ser el perrito faldero de (la canciller alemana) Angela Merkel.” En un deslumbrante golpe, los electores italianos rechazaron la principal respuesta de Europa a la elevada deuda gubernamental —recortar gastos, elevar impuestos— y a la principal arquitecta de esa política, la alemana Merkel. Si es necesario rescatar a Italia, las negociaciones ya parece que serán tortuosas.

El resentimiento contra la austeridad no es ningún misterio. La economía italiana se ha contraído durante seis trimestres consecutivos; está ahora un 7,8% por debajo de su pico del tercer trimestre de 2007, informa el economista Martin Schwerdtfeger de TD Economics. En 2013, la economía se reducirá otro 1%, pronostica. El desempleo en diciembre era del 11,2%, mientras que el promedio anual de 2007 fue de 6,1%. Esa cifra también, probablemente empeorará en 2013. Ésa es la cuestión: los italianos no han obtenido muchos beneficios de esa austeridad.

Los impuestos aumentaron. El impuesto al valor agregado (un impuesto a las ventas) se elevará de 21% a 22%; hay un nuevo impuesto a la vivienda. Los beneficios de bienestar social disminuyeron. La edad requisito para la jubilación (en una época, 65 años para los hombres y 60 para las mujeres) se elevará a 67 para 2022. Y aún así, el panorama de la deuda no ha mejorado. Los pagos de los intereses y la economía (producto bruto interno) en contracción significan que la carga de la deuda está empeorando, señala Jeffrey Anderson, del Institute of International Finance, un grupo de investigaciones financiero. La deuda se elevó de 120% del PBI en 2011, al 127% del PBI en 2012, expresa la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico.

Sin un crecimiento económico más fuerte, Italia no puede generar puestos de trabajo y las rentas públicas necesarias para recortar la deuda. Incluso antes de la crisis financiera, el crecimiento era pésimo, promediando menos del 1% anual entre 2001 y 2008. Lo que lo obstruye, sostienen muchos economistas, son las protecciones de empresas y trabajadores, que proveen de privilegios para algunos pero desaniman —o impiden— la expansión. Un ejemplo es el artículo 18 de la ley laboral de Italia, que dificulta el despido de operarios. “Si no se puede despedir, no se contrata”, expresa Matthew Melchiorre, del Competitive Enterprise Institute, un centro de investigaciones de libre mercado. Las empresas tienen un incentivo para seguir siendo pequeñas. Italia tiene la mayor porción de puestos en micro-empresas (de menos de diez trabajadores) en la Unión Europea, dice.

Por lo menos 28 sectores de servicios —taxistas, farmacéuticos, abogados, contadores— gozan de licencias y otras restricciones que limitan la competencia. Roma tiene 2,2 taxis por cada 1.000 personas, expresa Melchiorre. El reciente Gobierno de Italia bajo Mario Monti redujo algunas de estas restricciones, pero fue obstaculizado para promulgar reorganizaciones más amplias. Algunos economistas creen que cambios “estructurales” importantes acelerarían el crecimiento, pero no es fácil calcular en qué medida lo harían.

El día posterior a la elección, la tasa de los bonos de diez años del Gobierno de Italia se elevó de 4,5% a 4,9% —un movimiento considerable para un sólo día. Aún están muy por debajo del pico del verano pasado de 6,6%, pero si los mercados financieros deciden que la situación de Italia está deslizándose fuera de control. Las tasas de interés se elevarán; la carga de la deuda aumentará. En algún momento, Italia —la tercera mayor economía de la zona del euro— podría necesitar de un rescate. España —la cuarta mayor economía— quizás también lo necesite.

Las cantidades necesarias empequeñecerían los salvatajes de Grecia, Portugal e Irlanda. No hay ninguna garantía de que se logren acuerdos. Como condiciones para la asistencia, el BCE y Alemania han insistido precisamente en la austeridad y en los cambios estructurales, que los electores italianos acaban de rechazar. ¿Podría Italia, respaldada por otras naciones deudoras, forzar cambios en las viejas políticas? Y, si no, ¿qué sucederá? El futuro de Europa sigue en juego.

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