Columnistas

La rebelión de los apoltronados

La Razón (Edición impresa) / Édgar Arandia

00:00 / 30 de junio de 2013

Varias grandes revoluciones en el mundo se derrumbaron porque sus constructores no tuvieron la sagacidad de percatarse que muchos de sus camaradas, compañeros, hermanos (o como se llamen) develaban en sus rostros la flacidez que otorga la satisfacción de sentirse seguros en su confortable sillón, desde donde contemplan la supuesta felicidad de sus ciudadanos. Nuestra historia, entre las últimas revoluciones contempla la del 9 de abril de 1952, con un doble sexenio, en la que la satisfacción y el engolosinamiento con el poder deterioraron la flaca moral de muchos de sus personajes emblemáticos.

Un escritor, muy cercano a Paz Estenssoro, me comentó sin pudor lo que para él fue la causa del rápido naufragio ético de sus correligionarios, que arañaban la posibilidad de sumar más poder desde sus sillones, sin esforzarse mucho para llenar sus bolsillos, habida cuenta que los cambios revolucionarios marchaban (según sus acuarteladas visiones) viento en popa. Me decía que el proyecto del MNR tenía una estructura subyacente similar al PRI de México, vale decir consolidar los cambios institucionalmente con el partido y un cronograma de las cabezas que ocuparían el sillón presidencial, rodeado de sus círculos de poder.

En otras palabras, según mi amigo: robar ordenadamente, por turno. Cada grupo asaltaría las arcas estatales legalmente y todos quedarían satisfechos. Eso no fue posible, según él, porque todos querían robar a la vez, y el MNR se fragmentó y sus ideales revolucionarios se convirtieron en afanes revolucionarios. Eso ocurrió también con sus delfines e hijos del entronque mirista y los demás grupos políticos, que emergieron al calor de las oportunidades que brindaban las políticas imperialistas neoliberales, como el ADN y el NFR, que se disiparon como un gas tóxico que dejó, en los rincones estratégicos, a varios cuadros políticos transformers que ocupan actualmente lugares claves en la administración del oficialismo. Sin embargo, hay un factor que dibuja otro escenario inédito: los espacios de poder indígenas.

Días atrás, varios asambleístas indígenas mostraron su indignación, porque develaron que existe racismo y que todas las decisiones principales las toman los otros, sin consultarles, y que ellos sólo  levantan las manos. El representante por Pando inclusive apostrofó, muy molesto, “Es inmoral ganar un sueldo así. De sentado. ¡Me da vergüenza!”.

Confieso que pensé que eso había cambiado, y que la relación entre indígenas y los otros grupos del oficialismo tenía una relación simétrica y respetuosa. Pero no es así, porque la reproducción de poder de la clase hegemónica instala mecanismos subrepticiamente para seguir gozando de los privilegios, como antes. Son grupos de amigos que estudiaron en el mismo colegio privado, son vecinos y sus padres (en algún momento) ocuparon importantes puestos gubernamentales.

Además se conocen entre familias; se coluden entre ellos y crean su círculo de poder dentro del oficialismo. Eso también ocurre en la Asamblea, ministerios, gobernaciones, municipios, en el ámbito cultural y ha llegado a los círculos más cercanos del poder. No me extrañaría entonces otra rebelión de los pitucos y señoritos que se sentirán acosados por la temida indiada.

Para muchos estudiosos, la integración cultural, con el resultado de un tercero híbrido, anuncia esterilidad y decadencia. Para otros, mantener un escenario paralelo entre el mundo indígena y el criollo occidental es más enriquecedor, porque genera fecundidad. Esta relación confrontacional es necesaria para generar movimiento permanente, una pulsión inevitable para avanzar. Silvia Rivera habla de la situación chixi, haciendo una analogía entre un estilo de tejido que separa en puntos muy pequeños el negro y el blanco, que al alejarse se ve gris, y al acercarse cada color mantiene su identidad.

Esta manera de enfrentar las ideologías son nuevas en el escenario político, durante el MNR se manejó el “voto campesino” como un instrumento de coerción y manipulación; ahora es una contienda por espacios de decisión política. ¿Quién manda a quién?

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