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La rebelión de la tercera edad

El trabajador longevo es caro porque ha construido un salario, mientras que el joven acepta lo que se le da.

La Razón (Edición Impresa) / Elvis Vargas Guerrero

00:00 / 09 de diciembre de 2013

Un mueble es viejo, no una persona. Se crece en años, aunque digan lo contrario los criterios biológicos y cronológicos que establecen una edad social para participar. Ser activo o inactivo. Así se ha inventado el currículum como un certificado de defunción laboral. Cincuentones que ya no tienen chance en el mercado de trabajo. El trabajador longevo es caro porque ha construido un salario, mientras que el joven acepta lo que se le da. Nadie quiere invertir en alguien que ya no se renueva: con los años vienen las mañas, los achaques, todo duele, ya no quieren trabajar, se enferman. Sobre esto hay que aclarar que el grado de civilización de un país se mide en la manera cómo la sociedad trata a sus viejos.

Por ejemplo, el ministro de Finanzas japonés Taro Aso, de 72 años, pidió a sus compatriotas ancianos morir pronto y de manera digna. “Tú no puedes ir a la cama tranquilo sabiendo que el Estado paga tu descanso”. Él pidió amistosamente a sus contemporáneos que ingieren medicinas: “Apúrate y muere”. El problema con Taro Aso es que quiere endilgar el sentimiento de culpa en los japoneses ancianos. La seguridad social en el Japón está a punto de colapsar, debido a que una tercera parte de la población ha pasado los 60 años y se convierte en una amenaza para el futuro económico de la nación.

En Europa hace tiempo que se busca rejuvenecer a la población elevando la cifra de nacimientos, dando subsidios de natalidad e infancia. Pero para el sistema de bienestar, las familias pequeñas son más felices. Y nadie busca adrede la infelicidad. Entonces se incentivó la migración. Los primeros migrantes tuvieron más hijos que la población autóctona. La segunda generación, no. Y el sistema de pensión, basado en que cuatro personas trabajan por cada jubilado, es insostenible. Los fondos de pensiones fueron a la bolsa y el futuro ahora es inseguro. Las ideas neoliberales de que cada uno vela por sí mismo ahora se imponen.

Los padres en la Bolivia de ayer pensaban que sus hijos eran la pensión. Más críos, más posibilidades. En Europa era igual; no así para la generación posguerra. La pensión rompió el vínculo familiar. Hijos olvidando a sus padres. Padres que querían que sus hijos salieran pronto de casa. Tranquilidad para los años postreros. Tan celosos de su privacidad, que los llevó a la anonimidad. La mujer encontrada después de estar diez años muerta en Rotterdam confirma esto. Tenía todo arreglado con pago automático. Vivía sin conocer a los vecinos o preocuparse de que ellos existen. Esa mujer tenía una hija, con quien estaba peleada, y ella sólo se acordó de su madre difunta cuando vio la noticia en la televisión.

En Bolivia hay muchos ancianos que viven en la mendicidad. No hay mayor desgracia que ser viejo y yesca, no tener un lugar donde caer muerto. Abuelos en un estado de indignante dependencia, arrinconados, ayudando en la casa, siendo galopados por los nietos, escuchando indirectas sobre su inutilidad. Debería ocurrir como en España: esos hijos que antes llevaron a sus padres al asilo ahora los recogen. Con la pensión pueden vivir tres generaciones.

Yo sueño con la rebelión de la tercera edad. Es que la vida no se ha acabado. El futuro es gris, hablo de las canas. Los criterios de ancianidad tienen que revisarse y adaptar el mercado laboral. Se debe castigar la discriminación de edad. Usar el potencial creador y productivo de la vejez. Los años son un relativismo. Los nuevos descubrimientos en materia de medicina humana harán muy flexible el criterio de juventud y vejez. No olvidar que los frutos más sabrosos los da el árbol viejo.

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