Columnistas

El recuento de los daños

Atawallpa fue asesinado por ser leal a su palabra y creer en la buena fe del extranjero.

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Montaño Durán

22:51 / 23 de junio de 2016

El caso Zapata y su alta dosis de mentira me ha recordado, con las respectivas distancias, el episodio histórico de la conquista española, porque contiene ciertos paralelismos, como jefes de Estado que “creen” y una oposición que se alía al invasor apoyando decisivamente al sometimiento del pueblo.

Habían llegado a los Andes unos wirakochas salidos del mar, de grandes barbas y que cabalgaban temibles bestias. Atawallpa tuvo curiosidad por conocerlos y les permitió ir a su encuentro. No obstante, las últimas noticias sobre los recién llegados eran lamentables, un kuraka los llamó “ladrones barbudos salidos del mar”.

Los “ladrones barbudos” llegaron a Cajamarka el 15 de noviembre de 1532. Entraron en la ciudad como Pedro por su casa y ocuparon los mejores alojamientos y la torre fuerte. El conquistador Francisco Pizarro envió a su hermano Hernando y a Hernando de Soto a visitar al Inca con el siguiente mensaje falaz: “y si él quisiere mi amistad y recibirme en paz, como otros señores lo han hecho, yo le seré buen amigo y lo ayudaré en su conquista y se quedará en su Estado, porque yo voy por esta tierra de largo a descubrir la otra mar”. Atawallpa creyó. Creyó y prohibió a sus hombres, bajo pena de muerte, tocar a los barbudos. Cumpliendo su palabra, el Inca fue a visitar a los extranjeros al atardecer del día siguiente. Fray Valverde salió a recibirle con la Biblia en la mano, pero Atawallpa, sin comprender, arrojó el libro a un lado. Indignado, fray Valverde autorizó a los invasores: “¡Atacadlos, yo os absuelvo!”. Los españoles dispararon con sus armas de fuego a los nativos desarmados produciendo una masacre, muchos perdieron la vida al proteger al Inca con sus cuerpos. Atawallpa cayó prisionero en la celada, víctima de un acto inmoral.

Como rescate por la libertad del Inca, Pizarro pidió un cuarto lleno de oro y dos de plata. El rescate fue pagado, pero el conquistador nunca pensó cumplir con su palabra ni liberar al monarca; por el contrario, decidió eliminar a Atawallpa, quien fue condenado a pena de fuego conmutada por garrote tras aceptar el bautismo. De esa manera, el primogénito de Wayna Kapaj fue asesinado por ser leal a su palabra y creer en la buena fe del extranjero.

Después del magnicidio no pasó mucho tiempo para que el nuevo Inca Manco y los suyos quedaran convencidos de las torcidas intenciones de los invasores, de su falsedad y del ningún cumplimiento de la palabra empeñada. No podían comprender su extraña moral ni su insaciable sed de oro. Manco peleó con fiereza y heroísmo, pero ya no pudo contra los conquistadores, quienes nunca estuvieron solos, sino que desde un principio contaron con nativos cómplices que los ayudaron. Entre los varios grupos étnicos de traidores destacan los wankas, los cañares y los chachapoyas que apoyaron a los españoles con víveres, hombres y armas.

Muy pronto los pobladores del ex Tawantinsuyo pudieron medir los cambios fatales que estaban sufriendo. Al primer año del contacto y sorpresa inicial empezó la toma de posesión de los recursos naturales y humanos. Recién entonces fue cuando la población andina comenzó a darse cuenta de la peligrosidad y dureza de la invasión, con su secuela de encomiendas y repartimientos de tierras con sus respectivos servicios personales y tributación en metales preciosos y especies valiosas. El recuento de los daños era incalculable.

Durante mucho tiempo los historiadores han estudiado las causas de la conquista, en que un grupo de apenas 168 españoles “con la ayuda del apóstol Santiago” sometió a uno de los imperios más grandes de su tiempo. El incario no solo estaba brillantemente organizado, sino que además su poderoso ejército podía aniquilar a los invasores en cuestión de minutos. Si bien hubo otros factores como la sorpresa y la división del imperio por la reciente guerra civil, la mentira y la traición fueron las principales armas con que contaron los foráneos para vencer. La historia no se repite, pero es bueno tenerla en cuenta.

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