Columnistas

La reina de los mares

La Razón (Edición Impresa) / A fuego lento - Édgar Arandia

01:00 / 26 de junio de 2016

La encontré, después de dos décadas, en la terminal de buses. Con los aladares blancos y amarillentos, su rostro surcado por arrugas muy pequeñitas le ocultaban los ojos. Era René M., el marica de mi barrio, cuyo nombre de guerra era La reina, envejecido y solo, haciendo hora para trasladarse a Oruro, su ciudad natal. Ahora, gracias a una ley, cerca de sus 80 años, finalmente podrá sacar de su ser a la mujer que siempre habitó en su cuerpo.

Su personalidad y carisma lo habían convertido en el líder de un grupo de homosexuales que merodeaban el gimnasio América, en busca de amores de machotes musculosos. Entre ellas recuerdo a María Guerrero, cuyo nombre se lo ganó por haber cumplido el servicio militar. También estaba la Ballena, un gordo y rubicundo personaje, cuyos modales delicados eran la envidia de las muchachas. Recuerdo asimismo a Romy, un militar con su corte al ras que siempre andaba de incógnito, entre otros. Se protegían entre ellos porque las pandillas (Los Marqueses, Los Calambeques) que trabajaban con el Departamento de Orden Político (DOP) durante la dictadura banzerista se entretenían golpeándolos donde los encontraban.

Muchas veces llegaban al gimnasio con los ojos en compota y magullados por las pateaduras que recibían de los agentes de la dictadura. Entonces aparecía Reina, con su botiquín de primeros auxilios. Lo hacía sin que su familia se entere, porque no estaban de acuerdo con sus “desviaciones”. Como no había Defensoría del Pueblo ni Asamblea de Derechos Humanos, no tenían dónde quejarse por estos actos delincuenciales. Además, había cierta beligerancia entre grupos de homosexuales de la clase alta y los grupos de la clase media y los más pobres e indígenas. Un espacio para los más desprotegidos era La Chicharra, célebre tugurio donde pasaron historias de amor, suicidios y un crimen que terminó por clausurarlo.

Reina estaba enamorada de Arturo V., un trompetista de la banda del Regimiento Colorados de Bolivia que pasaba a mediodía para el cambio de guardia tocando marchas militares por la avenida Sucre. Cuando Reina aparecía por la calle, le cantábamos “Soy la reina de los mares...”, y ella festejaba el recibimiento, haciendo muecas y sonriendo. Su habilidad para confeccionar vestimentas con bayeta de la tierra era destacable e impuso su moda entre su círculo de amistades. En tanto Barbarella le había dado un beso al dictador en la entrada del Gran Poder. Seguramente éste se sintió engañado cuando se enteró que Barbarella no era una mujer “natural”, aunque no sabemos qué dijo sobre el tema. Lo cierto es que esta minoría vulnerable era pasto de la exclusión, la incomprensión y la homofobia más que ahora.

Obsesionada por conocer al trompetista Arturo, Reina organizó una fiesta para tal fin en San Juan, cuando la ciudad era una caldera y las fogatas convertían a la hoyada en un volcán. Esa noche nos dijo que la mujer que llevaba dentro saldría afuera en un striptease para Arturito, siempre que éste tocara El hombre del brazo de oro. El trompetista así lo hizo, y en medio de las velas y el alboroto no nos dimos cuenta que éstas habían prendido las cortinas. Las llamas nos desconcertaron, así que tratamos de apagar el fuego con resultados catastróficos, ya que solo aumentamos las llamas y salimos despavoridos. La familia de Reina se enteró del suceso y terminó nuestra huida de manera poco elegante, en medio de insultos: —¡LloKallas degenerados, malentretenidos! Para nosotros continuó la fiesta, pero para Reina fue el infierno por los castigos  y las prohibiciones que le impusieron. En su cuarto tenía un adoratorio colmado de vírgenes y santos; me encargó que restaurara sus vírgenes porque habían quedado más negras que San Martín.

El escandalete fue tal, que su familia lo envío de vuelta a Oruro, y solo lo volví a ver en la terminal, hace dos décadas. Me llamó la atención su casi corpórea soledad, hablaba muy pausado, y esa sonrisa de cuando le cantábamos La reina de los mares ahora era un rictus de amargura. Entonces recordé las palabras del papa Francisco: “¿Quién soy yo para juzgarlos?”.

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