Columnistas

El reino de este mundo

Gregorio Iriarte combatió a los dictadores desde el púlpito, la página escrita y la radio Pío XII

La Razón / Gustavo Rodríguez Ostria

00:00 / 14 de octubre de 2012

Conocí a Gregorio Iriarte, sacerdote de los Oblatos de María Inmaculada, hace un cuarto de siglo. Para mi formación marxista, fue una sorprendente revelación aquel cura vasco que no quería ni convertirme ni confesarme. Supe que en 1964 había llegado, desde un tranquilo colegio de Montevideo, al volcán de las minas de Siglo XIX. Fue a predicar y su vida se dio la vuelta. Descubrió que la promesa del Reino no estaba en los cielos, sino en éste, por ahora más parecido a un infierno cargado de injusticias. Transitando sus empolvadas calles y visitando las empobrecidas casuchas del campamento fue ganado por la tozuda predica social y revolucionaria del proletario del subsuelo. Se hizo uno de ellos y compartió sus utopías. Presenció y condenó la Masacre de San Juan (1967), perpetrada por el general René Barrientos y de la que fue testigo.

Combatió desde el púlpito, la página escrita y la radio Pío XII a cada dictador. Participó de la huelga de hambre de fines de 1977, y aunque lo tomaron preso, la abstinencia y movilización de  miles, obligaron al dictador Hugo Banzer a decretar la amnistía. Fue el preludio de la apertura a la era democrática, que se abrió, tras otras batallas, en octubre de 1982.

Gregorio perteneció a una corriente de monjas y sacerdotes cuyo contraste con la cruda realidad boliviana dio un nuevo sentido al catolicismo post Concilio Vaticano II (1962) y la Conferencia de Medellín (1967). Optaron por un “cristianismo liberacionista” (Michael Löwy), se metieron de lleno en la lucha de clases del bando de los más pobres. Como diría Luis Miguel Donatello, al analizar el campo religioso en la Argentina de 1970, aquí y allí, la restitución de lo sagrado se produjo en el ámbito político adoptando la idea de la revolución. Varios, en este recorrido sacrificial, dejaron sus vidas como el oblato Mauricio Lefebre y el jesuita Luis Espinal; otros y otras fueron exilados y/o torturados en prisiones por dar testimonio de su fe católica y su praxis radical.

Derrotada la dictadura garciamesista, Gregorio hizo de Cochabamba su plaza de acción y reflexión. En libros, aulas, clases y decenas de conferencias usó la voz y palabra escrita con el mismo compromiso de vida por los derechos humanos y la condena a una sociedad organizada bajo el apetito del lucro. Con ojos católicos, produjo instrumentos críticos, para los más jóvenes y los no tan jóvenes. Escribió desde la experiencia reflexiones para vivir en positivo en tiempos de cambio, cargados de valores y tolerancia con los otros, con los y las diferentes.

Lo vi la última vez hace aproximadamente un mes. En su silla de ruedas, respirando a cuenta gotas, golpeado por la fibrosis pulmonar, no perdía el ánimo de siempre. Hablamos muy poco, dadas las circunstancias, de la Teología de la Liberación, a la que como antaño concebía y defendía como un espacio de encuentro—quizá el único— con Dios y la realidad de pobreza. Con cierto desencanto me advirtió que los altos mandos de la iglesia vaticana se movían en sentido contrario. Quedamos que me daría unos viejos documentos sobre ISAL, la agrupación que en los 60 aglutinó a católicos y metodistas contestatarios. Lamentablemente no pude volver, pero me consta que Gregorio no se ha ido, pues sigue vivo en su obra comprometida que usaremos para construir aquel Reino de este mundo por el que bregaba.

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