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Así como explotamos a la naturaleza, robamos, violamos y nos destruimos con el mismo fin egoísta.

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

00:00 / 26 de abril de 2015

La semana pasada, cerca de 1.200 personas salieron a marchar por las calles de cinco ciudades bolivianas, llevando consigo aproximadamente 1.700 mascotas de diferentes tamaños y especies. Todos ellos demandaban una legislación que proteja a los animales del maltrato al que son rutinariamente sometidos en los patios, las calles, los campos, los mataderos y las granjas.

Esta semana se reunieron en Santa Cruz cerca de 100 organizaciones productivas y sociales para discutir el futuro agropecuario de Bolivia. Definieron ampliar la frontera agrícola del país hasta 6 millones de hectáreas y para ello, entre otras medidas, se les da a los grandes propietarios de tierra más tiempo para demostrar la Función Económica y Social (FES) de sus predios; y se autoriza a los pequeños productores a desmontar hasta 20 hectáreas de bosques, es decir, cuatro veces más que lo permitido hasta ahora. El debate sobre la autorización oficial para cultivar transgénicos fue pateado para más adelante (aunque es sabido que los agroindustriales en Santa Cruz llevan ya varios años usando semillas modificadas genéticamente).

En estos días lamentamos también el hundimiento de otro barco llevando inmigrantes ilegales desde el norte de África hacia Europa. En lo que va de 2015 las aguas oscuras del Mediterráneo se han tragado a casi 2.000 personas, entre quienes se han confirmado muertos y quienes siguen desaparecidos. La mayoría de estos infortunados vienen de países devastados por las guerras de origen petrolero en Irak, Afganistán, Siria y Libia; o de países severamente afectados por el cambio climático, como Somalia y Eritrea.

Todos estos números caben en el mismo análisis, pues todos responden a un mismo problema: la manera en que los seres humanos nos venimos relacionando entre nosotros y con el mundo natural que nos rodea. El origen de esos números está en la actitud acuñada desde hace siglos en las entrañas mismas de la cultura occidental, judeocristiana, industrialista y capitalista que describe al humano como un ser llamado a regir sobre el resto de las especies (la Biblia dixit) y a domesticar a los animales, las plantas y los minerales. Está en el complejo de superioridad y el profundo hedonismo que nos ha llevado a explotar, violar, robar y destruir a la Pachamama con tal de obtener vidas más cómodas y mayores ganancias, así co-mo nos explotamos, robamos, violamos y destruimos entre nosotros con el mismo fin egoísta.

Durante siglos hemos operado bajo esta lógica de crecimiento indiscriminado, deforestando más para sembrar más, para comer más y para vender más; pateando para adelante las consecuencias de nuestras acciones y, si se nos cuestiona, responder acusando a los otros de cometer en otro tiempo y otra escala las mismas tropelías a las que ahora nos creemos con derecho.

Lo más triste de todo es que la bomba de tiempo que hemos ido alimentando no va a estallar en nuestra cara: va a reventar en las esperanzas y la supervivencia de nuestros hijos y nietos. Por eso es tan fácil seguir explotando petróleo, gas, soya, minerales; seguir ampliando la frontera agrícola y generando gases de efecto invernadero y sequías y tormentas y migrantes climáticos: porque todo esto no es jugar a la ruleta rusa con nuestras cabezas, sino hacerlo con la pistola apuntando a nuestra descendencia.

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