Columnistas

La represión destruye

La Razón (Edición Impresa) / Alejandro A. Tagliavini

00:10 / 13 de marzo de 2015

Días atrás apareció decapitado, torturado y con las manos cortadas el dirigente leninista del Frente Popular Revolucionario, Alejandro Salgado de 32 años, que intentaba mejorar las condiciones de los jornaleros de Guerrero, México, una de las zonas de mayor cultivo de opio del planeta, y que promovía las movilizaciones por la muerte de los 43 estudiantes encargada a los sicarios narcos. Lo que demuestra que el Estado Islámico tiene éxito en promocionarse, mostrando en videos tremendas salvajadas, porque se habla más de él que de los que son peores, como los narcos, y sus contrapartes porque una guerra se hace con dos bandos.

En esos mismos días, fueron hallados 61 cadáveres ocultos en un crematorio abandonado de Acapulco (750.000 habitantes), otrora la joya del pacífico que hoy ostenta la tercera tasa de homicidios más alta del mundo, tras Caracas y San Pedro Sula (Honduras), y donde los narcos libran una lucha brutal. Ahora, esta guerra contra las drogas que lleva más muertos que la de Vietnam y absorbe cantidades siderales de dinero -que, de otro modo, podría quedar en las manos de los pobres- comenzó cuando al Estado –el monopolio de la violencia, que necesita justificarse- se le ocurrió prohibir algunas drogas.

Dejemos claro que muchas de estas drogas son tan dañinas que llegan a causar la muerte, por tanto, cualquier esfuerzo que hagamos para evitar su consumo es poco. Pero la violencia solo empeora las cosas y no tiene lógica ni sentido. La represión violenta por parte del Estado de su cultivo, tráfico y consumo ha iniciado a los narcos y a toda esta tremenda y salvaje guerra y todo basado en argumentos dudosos.

En primer lugar no es cierto que los drogadictos tengan tendencia a ser feroces delincuentes sino todo lo contrario son personas física y sicológicamente disminuidas. Si se comportan como diabólicos forajidos es porque el Estado los criminaliza —empezando al perseguir como “delincuentes” a los consumidores— y los obliga a tener que delinquir para poder consumir la droga prohibida. Por otro lado, el reciente informe de Johann Hari, periodista británico que nunca fue “santo de mi devoción” ni creo que llegue a serlo, es muy coherente, tiene lógica y sentido común de modo que debe considerarse.

En su libro 'Chasing The Scream: The First and Last Days of the War on Drugs', Hari explica que no es cierto que los drogadictos no sean recuperables, lo son y de modo rápido en la medida en que se les dé la posibilidad de realizarse como seres humanos, empezando por amar y ser amados. Por ejemplo, la Guerra de Vietnam. Según Time, el consumo de heroína era "tan común como mascar chicle": 20% de los soldados había desarrollado la adicción allí, según un estudio publicado en los Archivos de Psiquiatría General. No obstante, el 95% de los adictos dejó las drogas al volver a casa, aun cuando pocos se sometieron a rehabilitación, porque pasaron de una terrorífica jaula a un lugar agradable.

Entre paréntesis, cabe preguntarse cómo entraba la droga en unidades militares ¿sin anuencia del gobierno? Por tanto, lo opuesto a la adicción no es la sobriedad, es la conexión humana, dice Hari, cosa que la “Guerra contra las drogas” complica enormemente. Los amantes de las guerras, de la violencia, deben entender que esta es una reacción primaria del hombre —en tanto animal— que debe ser superada porque lo que hace inmortal al ser humano es su alma y razón.

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