Columnistas

La resurrección de Jesús

El milagro de la resurrección sirvió de fundamento para la difusión de la doctrina de Cristo por el mundo

La Razón (Edición Impresa) / Ramiro Prudencio Lizón

00:31 / 08 de abril de 2015

El domingo pasado se conmemoró el acontecimiento más grande del cristianismo, la Pascua Florida, es decir, la resurrección de Jesús. La Iglesia Católica celebra este acontecer el domingo siguiente al plenilunio posterior al 20 de marzo. Oscila entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Se podría decir que, con la crucifixión, pudo haber terminado la vida histórica de ese incomparable personaje como fue Jesús de Nazaret. Pero sucedió lo contrario, con su muerte comenzó una nueva etapa, mucho más sensacional que su propia vida, y que dio lugar al nacimiento y difusión de su doctrina que lleva el nombre de cristianismo. Este término proviene de Cristo, palabra griega que significa “el ungido de Dios” y que sirvió de traducción a la palabra judía “Mesías”. Cristo y cristianismo son palabras que quizás Jesús nunca conoció. Surgieron después de su muerte, en los grupos que San Pablo había convertido en las ciudades semigriegas del Oriente.

¿Qué había sucedido? Los evangelios informan que en la madrugada del primer día de la semana después del Sabbat, una mujer de la calle, María Magdalena, quien tenía veneración por el Maestro y que fuera una de las pocas personas que nunca lo abandonó, decidió dirigirse al sepulcro donde sabía que éste estaba sepultado, para lavar el cadáver y colocarle los ungüentos de rigor exigidos por la ley mosaica. Grande sería su sorpresa cuando vio quitada la piedra del sepulcro y éste se encontraba vacío. Se dirigió corriendo donde Pedro y otros discípulos para decirles: “Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde le han puesto” (Evangelio según San Juan).

Sin embargo, poco tiempo después sucedió algo extraordinario que cambió el curso de la Historia. Estando nuevamente en el lugar, Magdalena sintió la presencia de su Maestro y hasta pudo conversar con él. En un principio creyó que era el hortelano y le preguntó: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré” (San Juan). Pero luego, dándose cuenta que era Jesús, le habría gritado: Raboní (que quiere decir Maestro); y éste le habría respondido: “No me toques”, quizás conociendo lo efusiva que era ella. Posteriormente, Jesús le habría pedido que fuese donde sus hermanos para comunicarles que había resucitado entre los muertos. Y esta pobre mujer, la primera cristiana de la historia, fue corriendo a anunciar la buena nueva: la resurrección del Señor. Lógicamente nadie le creyó. Una mujer ignorante y fantasiosa no era la persona más adecuada para convencer a los discípulos de tan asombroso acontecimiento.

Tuvo que suceder otro caso semejante, pero ahora con discípulos más cultos y de mejor nivel social, para que la noticia se fuese difundiendo y convenciendo. Esta vez tocó en suerte a dos discípulos, quienes habían salido de Jerusalén, camino a Emaús; éstos luego retornaron apresuradamente a la ciudad para notificar que también ellos habían hablado con el Maestro. Esta información provocó posiblemente confusión, pánico, angustia y a la vez esperanza. Y prontamente, varios de los discípulos manifestaron que también habían sentido la presencia del Señor. Tiempo después, ya no solo se aparecía a sus discípulos, sino también a grandes cantidades de gente. San Pablo habla de quinientas personas que habrían visto a Jesús resucitado.

Cabe señalar que los judíos que no aceptaban la resurrección pregonaron que fueron los discípulos quienes habrían secuestrado el cadáver de su maestro. Pero esta tesis no es sustentable, porque no se podría explicar el fervor y la fuerza puesta por los discípulos para llevar la doctrina de su Maestro hasta el confín del mundo si ella estuviese basada en una mentira. Por este motivo, nosotros, los cristianos, nunca aceptaremos esta mezquina apreciación. Hemos elegido el milagro de la resurrección. Milagro incomprensible y maravilloso que sirvió de fundamento para la difusión de la doctrina de Cristo por el mundo. Primeramente, por todo el territorio del imperio romano, y luego allende sus fronteras, por el mundo germánico, el escandinavo, el eslavo y, siglos después, por nuestro mundo americano.

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