Columnistas

El retorno de James Bond

La realidad ha superado la ficción y James Bond parece haber dicho ‘volveré y seré millones’

La Razón / Carlos Antonio Carrasco

00:01 / 20 de julio de 2013

Cuando el fin de la historia parecía haber llegado, y todos los temas ficticios de las aventuras del agente 007 agotaron la imaginación de escritores de noveletas y de productores cinematográficos, el joven informático Edward Snowden abrió la caja de Pandora, al poner al descubierto la inmensa maquinaria de espionaje que, gracias a la alta tecnología moderna, permite a la agencia estadounidense de seguridad (NSA) seguir los pasos oficiales y hasta las cuitas de alcoba de enemigos y amigos por igual.

Entre estos últimos, en Francia,  que se consideraba lejos de indiscretos ojos y oídos, un terremoto de protestas, de análisis y de retorsiones sacudió la atmosfera política que, excluyendo a Alemania y el Reino Unido, contagió al resto de los 28 países de la Unión Europea. Ese espanto paranoico dio lugar a revelaciones escalofriantes. Se asegura que en septiembre próximo, con un costo de $us 2.000 millones, la NSA inaugurará su nuevo cuartel general en Bluffdale (Utah), donde la agencia tendrá la capacidad de almacenar 100 años de informaciones recogidas por internet. La operación PRISM es comparable a miles, sino millones de James Bonds enviados a los cinco continentes, con la oficiosa misión de requisicionar la correspondencia ajena, la vida privada, los secretos y los afectos de cada internauta, sin necesidad de orden judicial alguna. El ubicuo agente estará presente en las computadoras y los teléfonos del hogar, oficina, taller de trabajo, automóvil y en el dormitorio de todos los confiados terrícolas, cuya escasa formación en las habilidades numéricas lo limitan para poder imaginar cuanta libertad ha perdido con el advenimiento de los adelantos informáticos.

La NSA dispone de un presupuesto anual entre 8 y 10 mil millones de dólares para recoger datos gracias a una serie de instalaciones. Cuatro satélites geoestacionarios captan las  frecuencias hertzianas (teléfonos, walky-talkies, radares y GPS) analizados por el centro de Buckley (Colorado). Varias bases examinan las intercepciones que provienen de Europa, del Medio Oriente y África del Norte en Augusta (Georgia); mientras que los mensajes de América Latina son evaluados en San Antonio (Texas) y los de Asia, en Hawái. En el extranjero, la NSA usa una docena de enganches para cables de comunicación, que utiliza para ofrecerlos a diferentes servidores de los principales operadores de internet y telefonía celular. Se dice que el análisis de unos 100 mil millones de informaciones pescadas cada mes en el mundo son transmitidos a la central de Fort Meade, cerca de Washington. Ese material es meticulosamente editado para los briefings matinales del presidente Obama. Al poderoso ejército de cerebros y expertos de la NSA debe añadirse los subcontratos suscritos con relevantes grupos del complejo militar-industrial de Estados Unidos, como Boeing, Lockheed-Martin, IBM, Raytheon o Endgame. También se recluta miles de consultores de la firma Booz Allen & Hamilton, donde precisamente trabajaba Edward Snowden.

Se asegura que buena parte de las informaciones acumuladas son empleadas en oscuras operaciones comerciales favorables para quienes detentan las megadatas o las comparten con sus socios estratégicos.

Los medios económicos, tecnológicos, científicos y militares americanos son tan grandes que los servicios de inteligencia en Europa, en China y en Rusia parecen haber levantado las manos y preferido colaborar con el Gran Hermano, ante la imposibilidad de emular la riqueza de los metadatos recolectados por la NSA. En vez de competir, han optado por compartir.

Entretanto, la realidad ha superado la ficción y James Bond parece haber dicho “volveré y seré millones”, pero ya no al servicio de su Graciosa Majestad, si no de la Casa Blanca.

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