Columnistas

El retorno del buen salvaje

La civilización occidental siempre ha tenido una debilidad por mitificar al tercer mundo

La Razón / Wálter I. Vargas

00:01 / 16 de junio de 2012

Cuándo fue que en el fútbol se decidió otorgar tres puntos al ganador y uno al perdedor? ¿Cuándo se prohibió a los defensas entregar la pelota con el pie a sus porteros? No me acuerdo, pero todos sabemos que el propósito era agregar ingredientes de interés a un deporte-rey en peligro de perder popularidad. Pues he aquí que, del mismo modo, este año el deporte nacional número dos, la marcha (el número uno es el bloqueo), ha sido enriquecido con una variante que le ha dado nuevos motivos de atención: la marcha con obstáculos.

Así, pues, en la actual nona marcha pro TIPNIS no se sabe si al llegar a determinada población los viandantes van a recibir pedradas de grupos de interculturales o cocaleros disfrazados de policías (o viceversa), o se van a encontrar con una valla insalvable que los obligue a vadear un río, o, finalmente, cruel expediente, van a tener que pernoctar sin cenar porque las tiendas de las caseras pueblerinas se han cerrado a la consigna de dificultar su derrotero.

Los obstáculos son no sólo humanos, sino también naturales, y no deja de ser tristemente paradójico que uno de ellos, luchar contra el barro que inunda algo que difícilmente puede llamarse camino, soportando una lluvia inclemente, demuestre lo contrario de lo que se pretende condenar; es decir, demuestre lo necesario y bueno que es tener un camino mínimamente decente para trasladarse, así sea de un pueblo a otro e incluso en medio de una selva virginal e intangible.

Lo curioso de todo esto es la simpatía que despierta en la gente de las ciudades que tiene calles y servicios más o menos efectivos. Pero hay un libro, y no es el único, que trata de explicar esto. Se llama Del buen salvaje al buen revolucionario. Lo escribió el escritor venezolano Carlos Rangel, y no parece ser muy leído, ni siquiera conocido de referencia. Es que como la falta de autocrítica es parte del ser latinoamericano, han tenido mucho más éxito, hasta el día de hoy, panfletos de autoconmiseración y manuales de victimización histórica del tipo de Las venas abiertas de América Latina, del soso escritor Eduardo Galeano.

La tesis de Rangel es que la civilización occidental siempre ha tenido una debilidad por mitificar a los latinoamericanos y al tercer mundo en general. Primero lo ha mitificado como el buen salvaje que contiene en sí las bondades perdidas por la corrupta sociedad moderna. Luego, como el buen revoltoso, el vengador que viene a tomarse la revancha de las maldades del capitalismo, no otro que el famoso Che y sus múltiples émulos. Y como el anticapitalismo es una enfermedad que hace metástasis todo el tiempo, ahora se ha transitado a la inversa: del buen revolucionario al buen salvaje. Rangel no llegó a verlo, porque se suicidó en 1988, Dios sabe por qué, pero no creo que le hubiera sorprendido tal metamorfosis, pues su revisión de la historia del subcontinente muestra por demás cómo renovamos viejas medias verdades y mentiras plenas para explicar nuestro fracaso histórico.

El nuevo buen salvaje es, por supuesto, una abstracción sociológica políticamente rentable, utilizada pícaramente a su tiempo por el actual presidente y ahora peleada palmo a palmo por los Adolfo Chávez y los Antonio Vargas en sus actuales carreras políticas. Por eso convendría que los admiradores de las luchas tipnistas recuerden que hasta no hace mucho el presidente Morales era el representante nato de la bondad de todo pre o anti o poscapitalismo, despertando en las porciones intelectuales y occidentalizadas del país entusiasmos enternecedores. Si les cuesta hacerlo, les propongo una composición de lugar: que el azar, que domina en buena medida el acontecer político, haya operado hace unos años de distinto modo, poniendo en la cresta de la ola, y luego en el poder a Adolfo Chávez, por decir un nombre, en vez de Evo Morales. Sería aquél, por supuesto quien estaría, por la fuerza de los hechos, el que estuviera insistiendo a rajatabla en construir caminos y hacer canchitas. Y don Evo… don Evo Morales estaría, claro, acusando al Gobierno de neoliberal y poco pachamamista, y tratando de caminar a ratos en la marcha, para salir en las fotos.

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