Columnistas

La revancha digital

A duras penas organizaron una elección, y ahora pretenden encarar la proeza de vigilar a miles de personas

La Razón (Edición Impresa) / Rafael Archondo

00:00 / 13 de octubre de 2014

Han sido tantas las vacilaciones y los yerros del Tribunal Supremo Electoral (TSE) en estos meses, que no he podido disimular mi alegría revanchista al constatar que las llamadas “redes sociales” se burlaron en Bolivia del mal aplicado “silencio electoral”, puesto en vigencia 72 horas antes de los comicios de ayer.

De la manera más ingenua, pensé después, que el TSE aceptaría humildemente su derrota, y terminaría por aprender que no se puede regular a un medio de comunicación que ha dejado de estar en manos de un puñado de consorcios, para pasar a ser digitado por cualquier individuo con celular, de pie o en cuclillas, en la esquina más remota.

Pero no, tampoco esto lo entienden. Apenas fueron advertidos sobre la transgresión, los personeros del TSE más desorientados de nuestra historia comenzaron a especular sobre la posibilidad de castigar en futuros comicios a quienes no se sometan a sus órdenes en el ciber-espacio. A duras penas organizaron una elección, y ahora pretenden encarar la proeza de vigilar a miles de personas, agazapadas en los pliegues irreductibles del planeta digital. No les auguro nada en ese cometido.

Y es que en internet nada es lo que parece. Llamamos “seguidores” a quienes en un momento de ocio decidieron afiliarse a un servicio, sin reparar mucho en las consecuencias del “click” que olvidarán minutos más tarde. Llamamos “activistas” a quienes reparten “likes” a diestra y siniestra, estilizando sus posiciones públicas cual si de jefes de Estado o celebridades se tratara. Todo ocurre en un mundo virtual, en el que todo simula suceder, pero, con franqueza, nada pasa.

Y es que con frecuencia confundimos el efecto con la causa. Se movilizan los jóvenes en Túnez o Río, y se lo atribuimos al medio, no a los mensajes. Se levantan los ciudadanos en México o La Paz, y pensamos que han sido magnetizados por sus pantallas iluminadas y no por las causas sustantivas que agitan en sus pancartas.

Con el tiempo he aprendido a desconfiar de los entusiasmos cibernéticos. Percibo que las redes sociales hoy no son un ágora privilegiada donde debatimos sin cortapisas. Son más bien un escaparate de las vanidades singulares, un canal cada vez menos interactivo, donde cada cual hace gala de sus obsesiones y ansias de figuración. Al que intenta participar, le caen como jauría los funcionarios rentados, que imponen la disciplina ideológica en cuanto muro repasan durante sus desvelos. A quien intenta aportar con contenidos nuevos, lo apabullan las grandes empresas mediáticas, mejor dotadas para competir en una red, en la que la mayor incidencia de sus operadores consiste en reproducir o “compartir” aquello que más les ha gustado leer o ver. Hay mucho pudor en este mundo virtual y las revelaciones de Snowden solo han contribuido a que todos, al sentirse vigilados, inhiban aún más sus impulsos cívicos.

Bajo estas condiciones, la mayoría solo revisa y calla, otro tanto comparte, figura y “viraliza”, y solo unos pocos invierten su tiempo en enriquecer un flujo que se asemeja más a la bulla que a la deliberación democrática. De modo que no se angustien, amigos del TSE, nunca habrá silencio electoral en las redes sociales, pero tampoco movilización de conciencias.

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