Columnistas

La revolución fallida

La Razón (Edición Impresa) / Ramiro Prudencio Lizón

02:59 / 09 de abril de 2014

Hoy se cumple un nuevo aniversario de la llamada Revolución Nacional que trastornó al país con la implantación de dos trascendentales medidas económicas: la nacionalización de las minas y la reforma agraria. Fueron ejecutadas con el fin de establecer una mayor soberanía y para integrar al indígena a la heredad nacional.

Pero, lamentablemente, dichas disposiciones no fueron positivas, convirtieron al país en el más pobre del continente americano, junto con Haití. La gran mayoría de los países latinoamericanos tenía similares problemas económicos y sociales que Bolivia. Pero éstos no eligieron, como el nuestro, la solución por el desastre. Pues, con la nacionalización de las minas se derrumbó la riqueza minera que provenía desde la Colonia.

El hundimiento de la minería fue tan grave, que llegó al extremo de que Víctor Paz Estenssoro, líder de la revolución, declarase que Bolivia había dejado de ser un país minero y debía dedicarse a la agricultura. Es decir, consideró preciso matar una riqueza para levantar otra.

En cuanto a la agricultura, se sabía que en el país, como en los demás del continente, había grandes injusticias y gentes acaparadoras de la tierra. Pero en los otros se desarrolló una reforma agraria racional, protegiendo firmemente la tierra ya cultivada. En tanto que acá, el gobierno revolucionario incitó a los campesinos indígenas a apropiarse de toda la tierra trabajada, lo que determinó la destrucción de una agricultura floreciente en el altiplano y yungas, pero sobre todo en los valles de Potosí, Chuquisaca, y Cochabamba.

Además, con el fin de mantenerse en el poder, Paz Estenssoro y sus secuaces, en vez de dar a los campesinos los instrumentos apropiados para trabajar la tierra, les entregaron armas para defender la “revolución” y al régimen imperante. Con ello, la tierra boliviana del altiplano y valles se convirtió en un páramo. Y como la minería también dejó de producir, el país ingresó en un estado tal de miseria que obligó a Paz Estenssoro, antiimperialista declarado, a arrodillarse ante el yanqui y estirar la mano como un limosnero. Desde esa época, y durante más de 50 años, el país se acostumbró a vivir de la caridad internacional.

Para mayor remate, el gobierno revolucionario aprobó dos leyes inauditas: la prohibición de enajenar la tierra reformada y la determinación de que los campesinos indígenas nunca más tributarían por la tierra trabajada. Estas dos normas hundieron la tierra del occidente del país para siempre, ya que creó un minifundio improductivo y, asimismo, un desapego del campesino por la tierra, por no tener ya ni intereses ni obligaciones con ella; la gran mayoría abandonó la tierra y se vino a las ciudades. Y lo triste es que los que se han quedado en ella, no pueden progresar debido a que están impedidos de adquirir las tierras vecinas abandonadas por los nuevos citadinos.

Pero la revolución nacional no solo aniquiló la economía nacional, sino que fue determinante para que la corrupción se convirtiese en una institución nacional. Basta recordar que el hundimiento de la economía había originado una gran inflación, que ocasionó la existencia de unos 100 puntos de diferencia entre el dólar oficial y el de bolsa negra. Y los partidarios y amigos del gobierno tuvieron la oportunidad para adquirir la divisas baratas y venderlas caras. A ello habría que agregar una infinidad de tropelías al erario público, como la creación de cargos ad honorem en la Aduana, para que esos funcionarios pudiesen descaradamente estafar al Estado.

En consecuencia, sería menester que cuando se enseñe a la juventud acerca de la revolución nacional se lo haga de  forma más objetiva, haciendo comprender que muchas veces las mejores reformas, si se las aplica por demagogia y mezquinos intereses políticos, pueden ser contraproducentes, como sucedió entonces en Bolivia.  

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