Columnistas

La revolución fracasada

¿A esta despiadada revolución se le puede considerar como algo positivo para el desarrollo del país?

La Razón / Ramiro Prudencio Lizón

00:37 / 11 de abril de 2012

En la presente semana se cumplen 60 años de la revolución iniciada el 9 de abril de 1952, que determinó cambios profundos en la nacionalidad, pero a la vez convirtió al país en el más pobre del continente junto con Haití. Como bien dice el ilustre intelectual don Hugo Felipe Mansilla, la citada revolución fue, en el fondo, innecesaria y superflua, ya que todos los adelantos sociales igual hubiesen sido realizados, sin necesidad de violencia y desquiciamiento de la economía e instituciones nacionales, tal como ha sucedido en el resto de los países latinoamericanos.

Cabe tener presente que la gran mayoría de los países del continente tenían similares problemas económicos y sociales que Bolivia. Pero éstos, con buen criterio, no eligieron como el nuestro la solución por el desastre. Pues con la nacionalización de las minas se derrumbó la riqueza minera que provenía desde la Colonia, y que pocos años atrás había financiado una guerra internacional, la del Chaco. Se llegó al extremo de que Paz Estenssoro, el líder de la revolución, declarase que Bolivia había dejado de ser país minero y debía dedicarse a la agricultura. 

En cuanto a la reforma agraria, se sabía que en el país, como en los demás del continente, había grandes injusticias y gentes acaparadoras de la tierra. Pero en los otros se efectuó una reforma racional, protegiendo firmemente la tierra ya cultivada. En tanto que aquí, en su anhelo de acabar con los agricultores nacionales, a quienes se motejaba de ser miembros de la “rosca” (oligarquía), Paz Estenssoro incitó a los campesinos indígenas a apropiarse de toda la tierra trabajada, lo que determinó la destrucción de una agricultura floreciente en el altiplano, pero sobre todo en los valles de Potosí, Chuquisaca y Cochabamba, apodada esta última, el granero de Bolivia.

Como la tierra boliviana del altiplano y valles se convirtió en un páramo, y como la minería también dejó de producir, el país ingresó en un estado tal de miseria que obligó a Paz Estenssoro, antiimperialista declarado, a arrodillarse ante el yanqui y estirar la mano como un limosnero. Con los programas denominados Punto 4º y PL-480, el país pudo cubrir el déficit fiscal y permitir el pago de salarios.

Pero la revolución no sólo aniquiló la economía nacional, sino que fue el artífice para que la corrupción se convirtiese en una institución nacional. Basta recordar que el hundimiento de la economía había originado una gran inflación que provocó la existencia de unos 100 puntos de diferencia entre el dólar oficial y el de la bolsa negra.

Y los partidarios del gobierno tuvieron la oportunidad de adquirir las divisas baratas, mediante los “préstamos de honor”, y venderlas caras.   A ello habría que agregar una infinidad de tropelías al erario público, entre ellas, la venta de las libras esterlinas, y algo insólito, la creación de cargos ad honorem en la aduana para que esos funcionarios pudiesen descaradamente estafar al Estado.

El gobierno revolucionario fue asimismo el mayor ofensor de los derechos humanos en todo el siglo XX. Los terribles secuaces del Control Político tenían la facultad de ingresar en cualquier casa particular, detener a sus ocupantes y llevarlos a su sede donde se los revolcaba a puntapiés. A muchos de ellos los exiliaron o, peor aún, los trasladaron a campos de concentración semejantes a los establecidos por los nazis, donde estaban sujetos, durante meses o años, a una vida de tortura, humillación y vejación sin cuento.

¿Y a esta despiadada “revolución nacional” se le puede considerar como algo positivo para el desarrollo del país?  Todas sus medidas sólo tuvieron un fin demagógico. El voto universal le servía para adueñarse del poder para siempre. Y la reforma agraria y la nacionalización de las minas para destrozar a la incipiente burguesía nacional y someterla a los dictados del Gobierno. En verdad, a ese gobierno revolucionario se puede endilgar lo dicho a un Gobierno francés de épocas pasadas: que todo lo bueno lo hizo mal, y todo lo malo lo hizo bien.

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