Columnistas

La revolución del jazmín

Finalmente, la Libertadora recibe el sitial que merece entre las madres y padres de nuestra independencia

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Carlos Ruiz De la Quintana

00:18 / 21 de julio de 2015

La libertadora de las provincias del Río de la Plata y la Audiencia de Charcas tradujo su vida en una ofrenda incomprensible por la libertad. Juana Azurduy de Padilla es tan infinita como la vida misma y ahora, por fin, nos devuelven su memoria. La guerra de la independencia se ha construido con muchos relatos fantásticos de héroes iluminados y brillantes. Bolívar, San Martín, Sucre, Santander y otros ilustres varones forman parte de nuestro patrimonio revolucionario. En ellos no solo vemos a los protagonistas de una guerra, sino además a los fundadores de patrias nuevas. Bolivia, la hija predilecta del Libertador, lleva nada menos que su nombre inscrito en sus tuétanos. Sin embargo, a pesar de toda esa narración masculina y patriarcal de la guerra, ningún futuro habría sido posible sin el protagonismo discreto de millones de hombres y mujeres incógnitos subsidiando una epopeya.

Las mujeres no solo son las madres de sus hijos. Hijos buenos e hijos malos que desenvuelven su vida conjurando los aprendizajes de la infancia. Las mujeres son las protagonistas de todas las historias que no se cuentan de la vida. Aun así, todo parece acontecer como si nada. Nadie cambiará los libros de historia, nadie nos dará una educación diferente. Seguiremos creyendo que todo capítulo del mundo es una proeza de los machos. Nadie se acuerda de quién trae nuevos seres a este mundo, nadie tiene memoria de cómo la gente empezó a caminar, todo el mundo olvida que todo ser humano suele ser la consecuencia de lo que su madre tradujo en el corazón de cada individuo. Todo aquello es lo que nunca cabe en la historiografía.

No obstante, su coraje es capaz de trascender todo orden “doméstico” y burlarse de la historia escrita por la mitad del mundo, justamente en el preciso momento en que ellos no son capaces de agrandar la realidad. La cronología que construyó la batalla de las Heroínas de la Coronilla parece salida de otro planeta. No solo subieron fusiles y cañones a la cima de un cerro, sino además cargaron sobre sus espaldas a sus wawas y a los abuelos con la misma devoción con la que iban a la guerra. Asimismo, Juana de América se entregó a todas las pérdidas para darnos a todos nosotros nuestra única victoria.

Ofrendó su vida, perdió a su marido durante la conflagración, sufrió como nadie más puede hacerlo la muerte de sus hijos. Después de la independencia soportó una vejez de soledad, abandono y miseria. Y, no siendo suficiente todo eso, su pobreza no le permitió nada más que una fosa común para depositar sus restos.

Hay pocos bolivianos que han merecido la honra de ser inmortalizados en un pedazo de metal o de piedra. El mariscal Andrés de Santa Cruz es venerado con igual devoción por bolivianos y peruanos por su genio, audacia y vocación de estadista. Cornelio Saavedra tiene la honra de haber sido el primer presidente de la novísima república Argentina tras su independencia. Y ahora, finalmente, la Libertadora recibe el sitial que merece entre las madres y los padres de nuestra independencia.

Lamentablemente la finada heroína jamás sabrá de nuestra gratitud. Por eso el monumento levantado en Buenos Aires no es para ella, sino para nosotros. No apenas le quitó a Colón su plaza y su nombre detrás de la Casa Rosada como una burla de la realidad, además se levantó con la espada empuñada, su wawa y un pueblo sostenidos en su espalda, como diciendo: “La libertad tiene un sabor parecido a una sopita caliente, preparada por mamá, en una tarde de frío”. ¡Honor a doña Juana! ¡Gloria a la vida de una titán!

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