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El rostro del siglo XXI

‘El cliente no sabe lo que quiere’. He ahí una frase que pinta el aspecto de nuestros tiempos

La Razón (Edición Impresa) / Wálter I. Vargas

00:27 / 11 de enero de 2014

El cliente no sabe lo que quiere”. He ahí una frase que pinta de cuerpo entero el aspecto de nuestros tiempos. Y tuvo que ser Steve Jobs, el gurú de Apple, el que la acuñara, palabras más, palabras menos. No sabe lo que quiere, ergo, inventemos algo que lo seduzca y vendámoslo. Yo nunca quise recibir tanta información o estar comunicado por tantas vías a la vez. Pero ahora quiero. No precisaba cargar mi música de aquí para allá ni almacenar en la pantalla toda la información que me interesa, para tenerla a la mano cuando y donde quiera. Pero ahora lo acepto de buen grado, y lo agradezco. Y si no quiero, a la larga me hacen querer.

Aunque lo de las necesidades creadas ya era cuento antiguo entre los críticos del capitalismo, lo nuevo es que lo haya dicho en su momento y desembozadamente uno de sus capitanes de punta, y que nosotros aceptemos como niños con sus regalos de Navidad los juguetitos cada vez más vistosos que nos ofrecen. Pero ya en 1953 Ray Bradbury vislumbraba este presente: “Mientras escribía Fahrenheit 451, pensé que estaba hablando de un mundo que aparecería dentro de cuatro o cinco décadas. Pero hace unas cuatro semanas, una noche, en Beverly Hills, un hombre y una mujer se cruzaron conmigo, paseando un perro. Me quedé mirándolos estupefacto. La mujer llevaba en la mano un aparato de radio del tamaño de un paquete de cigarrillos, con una antena que temblaba en el aire. Unos alambritos de cobre salían del aparato y terminaban en un conito que la mujer llevaba en la oreja derecha. Allá iba ella, ajena al hombre y al perro, prestando atención a vientos y suspiros lejanos, a gritos de melodrama, sonámbula, mientras el marido, que podía no haber estado allí, le ayudaba a subir y bajar las aceras”. Los alambritos de cobre y el hecho de que Bradbury se refiere a la escucha de la radio, y no a la intercomunicación incesante de ahora, son detalles que hacen parte de la época en que la profecía fue emitida, pero no la invalidan. Es la sensación que se experimenta ahora en cualquier ámbito público en el que todos los vecinos permanecen sonámbulos y presos de sus celulares, ignorantes del entorno, mientras esperan algo.

Éste es el aspecto que por lo visto va a tomar el nuevo siglo: siempre nuevos gadgets, siempre más funcionales, siempre más bonitos. Leí por ahí hace un tiempo algo de Jacques Derrida donde preveía para un futuro, lejano pero no tanto, una humanidad definitivamente sedentaria y provista de dedos más largos y más fuertes para accionar los adminículos de la era digital. No andaba descaminado.

Este flamante 2014 se cumplirán 100 años del inicio de la Primera Guerra Mundial. Entonces al célebre demagogo Lenin se le ocurrió pergeñar la teoría de que se trataba del choque final de los imperialismos, antes de acceder al socialismo universal. ¿Qué diría ahora de este comienzo de milenio, de esta nueva fase del capitalismo? No lo sé, pero algo inventaría para mantener el espíritu izquierdista en vida. Hay un señor portugués (Boaventura dos Santos) que anda escribiendo unas simpáticas “cartas a las izquierdas” (va por la undécima) haciendo algo parecido, es decir, ejercitando su imaginación para señalar cómo se puede ser izquierdista en un mundo como el actual. Un ejercicio aburrido, a decir verdad.

Por mi parte, me parece más valioso ir sacando conclusiones un poco más serias, como las del poeta alemán Gottfried Benn, que ya en los años 20 respondía en una entrevista de esta manera: “Los movimientos sociales han existido siempre. Los pobres siempre han querido subir y los ricos nunca han querido bajar. Mundo atroz, mundo capitalista, desde que Egipto monopolizara el comercio de incienso y los banqueros babilonios iniciaran sus transacciones monetarias, exigían un interés del 20%... Mundo atroz, mundo capitalista, y siempre los movimientos contrarios... los pobres quieren subir y los ricos no quieren bajar. Mundo atroz; pero después de un proceso que abarca tres milenios, uno tiene derecho a pensar que todo esto no es ni bueno ni malo, que es simplemente un fenómeno”.

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