Columnistas

‘Nunca salí del horroroso Chile’

La imposibilidad de dejar el país tiene que ver con la impronta nacional que uno lleva en el espíritu

La Razón / Wálter I. Vargas

00:51 / 06 de octubre de 2012

Ahora que, como ocurre de tiempo en tiempo, las relaciones con nuestros vecinos trasandinos se han calentado un poquito (pero ya se van a enfriar, no hay para qué temer nada) se me ha ocurrido citar este verso del gran poeta chileno Enrique Lihn. Una dosis de odio al propio país es siempre saludable. Yo que no soy poeta podría usarlo a propósito del mío. Podría, por ejemplo, ensayar un “nunca salí de la estúpida Bolivia” o un “nunca salí de la patética Bolivia”.

Lihn, como buen chileno, estaba lejos de no haber dejado el horror de su país y más bien fue un buen viajero (de hecho ese poema lo escribió estando en Nueva York). Y si se lee el resto del poema se comprende que la imposibilidad de dejar el país tiene que ver en realidad con la impronta nacional que uno lleva indeleble en el espíritu, vaya donde vaya, un amor-odio inevitable.

El gran Gabriel René Moreno, que vivió muchos años en Chile, conocía tanto a los chilenos que le dijo al presidente Achá en una carta, años antes de la Guerra del Pacífico: “Su flaco es la vanidad, esa loca vanidad de los mendigos cuando merced a su propio y tesonero trabajo alcanzan cierto bienestar y consideración. Es en esta pendiente resbaladiza donde conviene seguirles la pista”. Qué más prueba del patriotismo que se le negó estúpidamente a Moreno.

Antes aun, Portales, el Bismarck de la supremacía chilena en el Pacífico sudamericano, definió muy ilustrativamente la clave de la superioridad institucional de Chile: “El orden social se mantiene en Chile por el peso de la noche (…) la tendencia general de la masa al reposo es la garantía de la tranquilidad pública”.

Pude comprobar esto último una vez que estuve en La Serena. Lo que menos quería por supuesto era encontrarme con algún museo o casa de Gabriela Mistral, toda vez que la Nobel chilena era de por ahí, así que me fui hacia la fea y peligrosa playa donde no se puede nadar, so pena de morir tragado por las olas. Era tal la desolación que podía haberme liquidado algún asaltante afortunado y mi cadáver sólo habría sido ubicado con suerte al cabo de tres días; pero al parecer incluso los ladrones se llamaban a descanso a esa hora. Como los chilenos quieren ser por lo menos un poquito europeos, actúan con cierta condescendencia con bolivianos y peruanos. Una vez, una profesora chilena de literatura a quien estaba acompañando de salida de la Universidad Católica Boliviana (después de haber ella perorado sobre algún tema que no recuerdo), miró enternecidamente a la multitud de quiosquitos que se han adueñado de la acera que baja a la avenida de Obrajes y me dijo algo así como que ése era el mejor ejemplo de una forma de comercio no capitalista, no global, cosa que no se podía ver en Santiago. Tuve que desengañarla señalándole que esas pequeñas comerciantes ejercían la más implacable tiranía sobre clientes como yo, que les compro dulces u otras chucherías diariamente. Como además la buena profesora había agregado que eso era lo fascinante de Bolivia, le propuse cambiar esa sensación de precapitalismo por un año sabático bien pago en Santiago sin marchas ni bloqueos (a pesar de que los estudiantes neocomunistas se están acostumbrando últimamente a protestar como ritual). Recuerdo que se despidió prometiendo no escribirme.

Otra cosa que caracteriza a Chile es su afición a la poesía. A los snobs esto les encanta, pero yo digo que un país donde hay demasiados poetas es un país sospechoso. Sin embargo, es el precio que hay que pagar para contar con dos o tres poetas de primera magnitud, como ocurre en Chile. Lihn es uno de ellos, por lo menos para mí, ahora que ya sólo releo poesía que me gusta mucho. En los últimos tres meses de su vida, acosado por un cáncer, escribió Diario de muerte, gran poemario, del cual saco este fragmento, por si acaso alguien malentienda y piense que éste es un alegato nacionalista: “Hay sólo dos países: el de los sanos y el de los enfermos/por un tiempo se puede gozar de doble nacionalidad/pero a la larga eso no tiene sentido”.

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