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Mi salud, Linguapax y referéndum guaraní

El gran desafío de los guaranís es cómo poderse de-sarrollar plenamente como tales.

La Razón (Edición Impresa) / Xavier Albó

00:00 / 13 de septiembre de 2015

Este jueves 17 de septiembre me entregarán en La Paz el Premio Linguapax, auspiciado por una filial de la Unesco, en unas circunstancias bastante atípicas. Estoy retenido en la Llajta por una inesperada cirugía que deben realizarme en los próximos días para extirpar, o al menos reducir, un tumor en el cerebro, por suerte benigno, pero ya demasiado desarrollado. Por ese motivo los médicos han pedido que me mantenga tranquilo aquí, salvo por ese viaje rápido de ida y vuelta para recibir el premio. Este galardón, del que no se avisa al beneficiario a menos que haya salido ya seleccionado por un grupo de evaluadores anónimos, se otorga a gente que, en su trayectoria, haya descollado en la defensa de lenguas amenazadas.

Yo me enteré del premio en marzo, pero por actividades mías y de los organizadores nunca encontrábamos el momento de hacer la entrega, que se quería hacer aquí en Bolivia. Al final llegamos a concertar esa fecha y, cuando ya estaba todo listo y yo estaba a punto de retornar de otro evento al sur del Brasil, sufrí una caída inesperada, que destapó la existencia de ese tumor, que al parecer ya se estaba incubando desde bastantes años atrás. Dios tiene siempre sus caminos misteriosos.

Será una buena oportunidad para encontrarnos entre diversos interesados sobre lo que está ocurriendo en este país, junto con otros sectores igualmente activos en el reconocimiento y crecimiento de esas lenguas en peligro pero sin ganas de morir. Es interesante que esos días Adolfo Chávez, un dirigente indígena de tierras bajas con larga trayectoria, ha logrado su libertad, acusado de mal uso de recursos del Fondo Indígena, apelando a que debía haber sido avisado y juzgado en su lengua takana.

Por esa dolencia, tampoco podré viajar el siguiente domingo 20, como había soñado, a Charagua, para observar en vivo y directo el diferido referéndum autonómico guaraní, cuyo resultado es difícil de prever. Charagua es por mucho el mayor municipio de todo el país, con dos veces el tamaño de todo el departamento de Tarija, aunque con mucha menos población y con una desafiante complejidad interna tanto étnica como política. Están ahí también los ayoreos; los karai tanto cruceños como vallegrandinos; una notable inmigración colla; y una creciente población menonita, ya la tercera si no segunda, en peso demográfico en todo el municipio. Estos últimos tienen su propia autonomía interna, más antigua y en cierta medida más radical que todas las demás: mantienen su propia lengua, una variante propia del alemán antiguo, con bastantes mujeres monolingües en ella, aparte del alemán estándar usado en sus escuelas y sitios de culto. Mantienen su religión anabaptista, su indumentaria, sus actividades agropecuarias y familias numerosas que cada vez requieren más tierras allí o migrando a otras partes. No se inmiscuyen en la política local si se respeta su forma de vida.

En medio de esta diversidad los guaraní, quienes ya llevan años peleando para lograr ese nuevo status todavía inédito en Bolivia, siguen siendo una clara mayoría. Su gran desafío es cómo poderse desarrollarse plenamente como guaranís, respetando a la vez los derechos de todos esos otros grupos minoritarios, varios de ellos en crecimiento. En realidad no podré participar en ningún referéndum salvo para reclamar un certificado de estar fuera de mi circunscripción por razones de fuerza mayor.

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