Columnistas

Del salvaje al indio endemoniado

La obra de fray Bernardino   justifica la conquista desde una óptica trascendental.

La Razón (Edición Impresa) / Ana Meléndez Crespo

00:03 / 02 de agosto de 2017

La disputa sobre el indio bueno y el indio malo fue enconada durante el largo dominio europeo en América, y es candente hasta nuestros días; por ello, sigue en la lupa de filósofos e historiadores. Ideas, protagonistas y documentos son abundantes; empero, no inabordables. José Antonio Ortega y Medina, agudísimo talento del siglo XX en la historia indiana, desbrozó obras y autores para nuestra comprensión del problema, llevándonos en libre, pero no lesa falta de cronología, a saltos, ida y vuelta, por la forja de la conciencia indígena.

En Nueva España, después de que el extremeño Hernán Cortés nombrara así al territorio que conquistó, aduciendo semejanzas entre el Anáhuac develado y la Castilla hispana, justamente él y el misionero fray Bernardino de Sahagún dan un sesgo en la concepción colombina del indio salvaje. Cortés asume el encuentro trascendental de dos culturas: la española y la india. Reconoce la civilización de los aborígenes vencidos, de ahí que busque un intercambio, pero desde su punto de vista de cruzado medieval que condena al indio no por su naturaleza, sino por su espíritu, que es presa del Demonio, que lo avasalla, engaña y corrompe, haciéndolo vivir en sodomía, antropofagia y abominaciones horribles que deben ser punidas. El molde usado por Cortés para la fundición cultural fue, obviamente, el sistema de gobierno español y los valores religiosos cristianos.

Una vez en Nueva España, los 12 franciscanos llegados a la tierra firme que llamaron la Vera Cruz comenzaron la tenaz lucha de expandir la buena nueva, el Evangelio, y contra el Maligno y sus protervos secuaces, embaucadores y seguidores. Bernardino de Sahagún, condolido e indignado, emprendió una titánica lucha contra el señorío y la sevicia satánicos, no con espada ni broquel, sino con la cruz y la pluma para abrir brecha en la dolorosa idolatría a fin de liberar a los hermanos indios de la red demoniaca que los aprisionaba y envilecía.

A su vez, el filósofo mexicano Luis Villoro profetizó que la obra de fray Bernardino no iba a ser un palacio ni un imperio, sino tan solo un libro, con el cual “la tierra diabólica quedará apresada y vencida sin remedio”; su Historia general de las cosas de la Nueva España fue poderosa arma espiritual para frailes y sacerdotes, valioso instrumento y vademécum para que “el bien triunfara sobre el mal, y la luz ahuyentara a las tinieblas”. La historia sahaguniana justificaba la conquista desde una óptica trascendental: el justo castigo divino que los indios debían expiar.

El azteca o mexica era un pueblo ciego, consagrado a los demonios. Sus creencias y fiestas religiosas eran bárbaras, orgiásticas, enajenantes y monstruosas. En su gentilidad, los indios eran enemigos de Dios; y, por consiguiente, seres humanos empecatados y condenados por la ira del Señor.

Sahagún admira y condena, examina y juzga al indio y su cultura. El indio conserva la razón natural que guía su alma, con la que construyó una sorprendente civilización. No obstante, pese a su caída y haber delinquido, no dejaba de ser hermano y prójimo de los cristianos, en tanto hijo del tronco común humano adánico. Por tanto, tras el aniquilamiento purificador, el converso es un nuevo indio “libre de pecado”, es decir, cristiano.

Como siempre, hay sin embargos, ese monumental libro del siglo XVI es hoy uno de los documentos claves para que estudiemos a nuestras culturas precolombinas; contiene gran cantidad de datos, escritos y gráficos que Sahagún reunió de boca y mano de los indígenas y que dejó en lengua española y náhuatl. La Historia es, así, un montón de paradojas.

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