Columnistas

El sentido de Europa

Nos hace falta Europa y no deberíamos renunciar a construirla por más insatisfacción que nos suscite

La Razón (Edición Impresa) / Emilio Trigueros

00:02 / 26 de abril de 2014

El paso del tiempo ha asentado un relato entre tecnocrático y épico sobre la crisis del euro, con detonantes inesperados y episodios críticos, narrado en un lenguaje exquisitamente aséptico sobre mercados, reformas y austeridad. A la vez, ha caído en cierto olvido la reflexión sobre los motivos del exorbitante crédito de la primera década de este siglo, que terminó en una recesión de alcance inimaginable. Sabemos, sí, que durante años pareció no haber límites en el sistema financiero y que corrió el dinero fácil. No obstante, resulta un tanto inverosímil que los grandes banqueros internacionales, dirigentes de organizaciones jerarquizadas con tentáculos en todo el planeta y décadas de experiencia en sus puestos, sucumbieran en una noche loca que duró un lustro a la idea de que se podía dar mucho más crédito a todo tipo de proyectos, con mucho menos riesgo, que nunca antes. Los números no podían sustentar eso, a pesar de que, cierto es, la producción mundial estuviera creciendo de forma acelerada desde 2002, alimentando el optimismo: a partir de ese año, de hecho, numerosos indicadores del crecimiento mundial (el consumo de acero o de carbón, el precio del petróleo) despegaron exponencialmente, de forma casi intrigante.

La misma idea de que el dinero se convirtiera en “fácil” y al alcance de cualquier avisado invita a escrutinio. Al fin y al cabo, el papel moneda no es más que la vieja unidad de cuenta e intercambio de riqueza: se nos entrega un número de billetes a cambio de nuestro trabajo, que luego podemos gastar en el fruto del trabajo de otros, o bien dejar en nuestros bancos, donde quienes lo necesiten lo piden en préstamo abonando un interés. Los bancos centrales imprimen esos billetes, por lo general, comprando deuda de sus gobiernos y aportan así la savia de la actividad económica, siempre con la restricción de que no suban demasiado rápido los precios. Las reglas de juego del sistema monetario internacional no han sufrido alteraciones mayores en décadas. No obstante, en algún momento comenzó a palparse que se estaban fraguando desequilibrios sin precedentes; el imparable déficit comercial de EEUU y de su presupuesto público, motivado no poco por las guerras de Afganistán e Irak desde 2002, suscitaba interrogantes: ¿cómo podía estar financiando la Reserva Federal a bajo interés al Tesoro en tamaña extensión sin que la inflación de EEUU subiera? ¿Cómo era posible que el dólar no se estuviera devaluando más rápido, ante tal abundancia de su circulación? ¿Por qué no se apreciaban más las monedas de los países con superávit? Diez años después, lo sabemos. Vienen curvas.

Estados Unidos pudo financiar a bajo interés su endeudamiento sin que saltara la inflación (como sí ocurrió a finales de los 60 con la guerra de Vietnam) porque simultáneamente se estaba incorporando de forma masiva la mano de obra barata asiática a la producción mundial. Esta permitió que los precios al consumo no aumentaran tanto con el exceso de crédito; si bien el precio de otros factores de la producción, como el petróleo o las materias primas, sí dio pronto la alarma sobre la aceleración anormal del crecimiento económico, basado en desequilibrios descomunales. La devaluación del dólar frente a otras monedas internacionales, consecuencia previsible de la generosidad financiera de la Reserva imprimiendo billetes para la deuda de EEUU, comenzó en efecto a ocurrir, pero no lo suficiente para que EEUU mejorase su balanza comercial. Un motivo fundamental era que los países cuya producción inundaba Occidente, entre ellos señaladamente China, impedían por principio devaluarse el dólar frente a sus monedas. Existía de facto una “zona dólar mundial” que abarcaba casi la mitad de la economía del planeta, formada por países insertados en la globalización a tipos de cambio fijos contra el dólar: multinacionales de Occidente fabricaban allí bienes cuyos precios mundiales se mantenían fijos en dólares, de modo que la exuberancia de crédito catalizaba una demanda siempre al alza de esos productos asiáticos, sin elevar nunca su precio internacional.

Para que esa situación se mantuviera durante años, bancos centrales como el de China absorbían por sistema el exceso de dólares global acumulando reservas que apenas les rentaban nada, pero con las cuales conseguían evitar que en los mercados de cambio bajara el dólar y subiera el yuan. Esos bancos centrales tenían razones propias: acrecentar el pedazo de la tarta del comercio mundial producida en su país y almacenar reservas de divisas para protegerse contra eventuales shocks futuros (que desembocaran en carestía de importaciones, inflación y revueltas sociales). En resumen, el Asia emergente producía bienes baratos con una economía fuertemente intervenida y el consumo en muchos países desarrollados crecía sin límite aparente. ¿Qué ocurría, mientras tanto, con la competitividad de la Europa industrial?

Esa Europa industrial necesitaba frenar la progresiva devaluación del dólar frente al euro, porque ésta no solo hacía más barata la producción de EEUU, sino automáticamente la de China, por el cambio fijo dólar-yuan. Una primera opción habría sido que el Banco Central Europeo imprimiera euros para comprar y retirar dólares del mercado de monedas, haciendo en proporción el euro más abundante y barato, y los bienes en euros más atractivos para el consumo mundial. Sin embargo, Alemania ha venido huyendo de este tipo de intervenciones en casi todas las crisis financieras desde los 70, por su convicción de que esas operaciones de emisión de moneda dan resultados puramente temporales y a la larga traen problemas permanentes.

Son tendencias que vienen de largo, en cualquier caso, y que cabe resumir en que los gestores de grandes bancos y empresas internacionales manejan el orden económico mundial, pero luego son gobiernos-nación los que deben manejar ante sus ciudadanos los ciclos de burbujas y paro (con una generación entera de por medio).

A pesar de todo, nos hace falta Europa y no deberíamos renunciar a construirla por más insatisfacción o confusión que nos suscite, como necesitamos esta democracia por más imperfección que acumule. La Europa que une a países y ciudadanos es, además, algo más que un entramado economicista; de alguna manera, nuestra Europa nació en los siglos en que los pensadores de la filosofía y la ciencia de distintos países se escribían cartas para debatir métodos y abrir caminos comunes en las regiones del entendimiento, desde una comunidad de espíritu; esos pensadores podían construir juntos una nueva época porque vivían en una sociedad donde para muchos de sus conciudadanos eso constituía un empeño valioso y natural. Tanto tiempo después, nos sigue uniendo cierta conciencia colectiva de que la razón y el bien pueden fundar las bases de la organización social, junto con un sentido último compartido de la libertad y la dignidad. Es en nuestro diálogo incesante sobre decisiones y representación, sobre poder y democracia, sobre dudas y posibilidades, o sobre si la verdad, el bien y la belleza son la misma cosa, donde reside ese espíritu de Europa que no puede extinguirse, y no debería nunca dejar de escucharse.

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