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El sentido de la revolución paceña

La revolución paceña del 16 de julio de 1809 no solo tuvo un carácter político, sino también social

La Razón (Edición Impresa) / Ramiro Prudencio Lizón

00:00 / 16 de julio de 2014

Hoy se conmemora un nuevo aniversario de la gran gesta revolucionaria del 16 de julio de 1809 en La Paz, que complementó la insurrección surgida el 25 de mayo del mismo año en La Plata, Chuquisaca, y que dio inicio a la emancipación de Hispanoamérica del dominio español.

Aunque el levantamiento y pensamiento de Chuquisaca sirvieron de detonante para la rebelión paceña, de todos modos fue un fenómeno organizado con mucha anticipación, pues debía haberse producido en 1805. Y su fundamento, asimismo, fue preparado con antelación. Cabe recordar que éste estaba cimentado en un “plan de gobierno” de diez puntos, denominado Estatuto Constitucional, y que el cabildo recibió pocos días después de ese 16 de julio. El plan tenía “como principio la soberanía inalienable del pueblo, como objeto la independencia autónoma, como fin la reforma del Gobierno y de la sociedad”.

Este plan de gobierno contemplaba principios importantes de filosofía política que solo mucho después fueron comprendidos en las constituciones de las repúblicas americanas, ya que se proponía “establecer sobre bases sólidas y fundamentales la seguridad, propiedad y libertad de las personas (...) Estos tres derechos que el hombre depositaba en manos de la autoridad pública —decía el Estatuto Constitucional— deben ser respetados con todo el decoro y la dignidad que se debe, de la invulnerabilidad de éstos se sigue inmediatamente la tranquilidad y el buen orden de la sociedad”. Sabios preceptos que debiéramos recordar en la época presente.

De acuerdo con ese plan de gobierno, se constituyó la Junta Tuitiva, que se podría considerar como el primer parlamento latinoamericano. En consecuencia, el Poder Ejecutivo quedó en manos del cabildo, lo cual prueba la índole democrática y radical del motín; y el Poder Legislativo, en dicha junta o congreso representativo de los derechos del pueblo.

A la Junta Tuitiva, presidida por don Pedro Domingo Murillo, se incorporaron varios representantes indígenas, como Catari Incacollo por Yungas, Rojas por Omasuyos y José Sanco por Sorata; lo que demuestra que la revolución paceña no solo tuvo un carácter político, sino también social. Y como comenta el eximio historiador don Manuel María Pinto: “La raza indígena no fue olvidada. Los artículos de su comercio, denominados efectos de la tierra, y que no eran otros que los artículos de primera necesidad, fueron exonerados del pago de sisa y alcabala, incrementando con esta saludable medida el comercio interior”.

Es importante destacar que siendo La Paz una ciudad esencialmente comercial, las primeras disposiciones del cabildo y de la Junta Tuitiva fueron destinadas al fomento de esta actividad. Al respecto, trató de cambiar el sistema económico colonial, implantando la liberación del comercio e industria. Hasta entonces, el comercio estuvo severamente regulado por la Corona española.

En el orden jurídico, la Junta determinó la supresión del fuero eclesiástico y la no certificación del delito del antes llamado de “lesa majestad”. Llegó más lejos: preconizó que la prevención no debe ser lugar de tortura, sino de simple seguridad, porque los prevenidos no eran delincuentes antes de la sentencia condenatoria.

Con una concepción muy moderna del sistema de gobierno, basada seguramente en la Constitución francesa de 1793, la Junta defendió el respeto a todas las opiniones. Ella anhelaba instaurar en el Alto Perú una verdadera democracia, lo que la Revolución Francesa nunca pudo concretar.

Las autoridades españolas, comprendiendo que la revolución paceña no era simplemente un movimiento circunstancial, como los habidos en otras localidades del continente en el siglo XVIII, determinaron ahogarla con sangre. Tal parece que se dieron cuenta de que era el primer foco de un levantamiento general americano a favor de la independencia, como lo hace ver una frase del virrey del Perú, don Fernando de Abascal, que dice: “La tea de la revolución corría por todas partes”.

Es diplomático e historiador.

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