Columnistas

No es un día cualquiera

El 24 de septiembre es un día de regocijo y remembranza; un día de unidad de los libertos, los nacidos aquí o allá.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Tony Sánchezl

00:18 / 19 de septiembre de 2019

El 24 de septiembre de 1810, los insurrectos reunidos en un cabildo abierto realizado en Santa Cruz de la Sierra depusieron a las autoridades coloniales de España, y constituyeron la Junta Revolucionaria. Previamente, el 10 de septiembre, 1.200 chiriguanos y 300 criollos al mando del cacique Birinday del capitán Eustaquio Moldes, respectivamente, tomaron el fuerte realista de Membiray en el Chaco cruceño, manteniendo la zona de Cordillera libre del poder español hasta la conquista de la independencia. Así, culminaban en victoria las acciones que por años libró el cacique Cumbay. Entretanto, acciones similares se producían en otros territorios del vasto dominio español.

La gesta insurreccional de los criollos y mestizos de las ciudades venía precedida por luchas de las naciones originarias, tan épicas como trágicas, que comenzaron en Guanahani un aciago día de 1492 en el que se “descubrió” el “nuevo mundo”, y que dio inicio al terrible holocausto de la América morena. El acto revolucionario de septiembre, siglos después, traspasaba, finalmente, el corazón del infame invasor.

Ciertamente fue a la sombra de la multitud de almas de los ajusticiados y masacrados durante siglos que la insurrección, el cabildo abierto y las luchas posteriores harían surgir un pueblo eminente, y no la sombra de una fraudulenta evangelización que sometió a los habitantes originarios a crueles e innombrables martirios como los relatados por Fray Bartolomé de las Casas. ¿Cómo entender que el signo de la redención, alzado por los homicidas conquistadores, tenían al Cristo indio, torturado y atizado a fuego lento entre burlas y carcajadas de la soldadesca aventurera?

Aquí no hubo La Bastilla que tomar, todo el territorio de Abya Yala era para los indígenas una prisión ignominiosa. De las luchas indígenas poco se ha escrito, pues la historia oficial de la Colonia y posteriormente de la República se encargó de enterrar su relato. Y esa lucha centenaria, que había dejado una estela roja en los campos, finalmente, vio la luz de esperanza, como se ve al alba, a un sol que cubrió a los mortales con su manto áureo.

Para algunos, el 24 de septiembre será solo un días más. No debiera serlo. Es un día de regocijo y remembranza; un día de unidad de los libertos, los nacidos aquí o allá.

Hoy, los hombres de estas tierras liberadas tienen al frente a otros tiranos rondando su suelo. Ya no es la espada y el arcabuz; ni el soldado de coraza plateada y los estandartes de Castilla y Aragón, ni aun las cruces oprobiosas de madera. Ya no son los barbudos hombres de allende los mares, perdidos en la historia y cuyos vestigios son monumentos vetustos y pulidos por anhelos vacuos de gente racista (afincados en la desechada teoría del darwinismo social), los que amenazan hoy la tierra nuestra. Hoy, ora de botas y fusil, ora de terno y corbata, en el nombre de Dios —como antaño—, o de la libertad y la democracia, asoman soberbios los avasalladores de cuanta nación les apetezca; aquellos que consideran que nosotros nacimos para ser vasallos en su patio trasero. Ellos y sus lacayos criollos perezcan en su nostalgia.

Este 24 de septiembre, los hijos de Apaguaipi Tumpa, y también los de Túpac Katari y Bartolina Sisa; del insigne Ignacio Warnes y del indomable Cañoto; como de Alejo Calatayud, Doña Juana, el “Moto” Méndez y los descendientes de los mártires independentistas celebran esa libertad recuperada el 22 de enero con la nueva Constitución del Estado Plurinacional de Bolivia. Esa fue la primera vez que los ancestros masacrados de esta tierra descansaron en paz y sus hijos multicolores se regocijaron. ¡Salud, libertos! ¡Salud, cumpa!, que el 24 no es un día cualquiera.

* Escritor y profesor universitario.

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