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Hasta siempre

Javier Hurtado fue un revolucionario diferente, prefirió la acción de hacer, de producir, de construir

La Razón / Jaime Iturri

00:32 / 07 de septiembre de 2012

La última vez que nos vimos me dijo: “Camarada, tenemos que hablar”. Camarada, la  palabra que te diferencia de los “compañeros” que son menos allegados que los de la misma camada. Y Javier Hurtado era mi camarada, aunque no llegué a conocerlo como hubiera querido.

Primero fue trotskista, pero pronto encontró que la lectura que el Partido Obrero Boliviano tenía sobre la teoría del viejo León no se ajustaba a un país de mayoría indígena. Se convirtió entonces en katarista y de ahí en ecologista, en militante de lo orgánico. Fue un revolucionario diferente, frente a tantos guerrilleros de café, Javier actuó con respuestas prácticas, creó empresas para superar a los empresarios bolivianos, repartió acciones entre los trabajadores y basó su empresa en la fidelidad con la Pachamama.

Con 100 empresarios como él, Bolivia sería otro país. Con 100 revolucionarios como él, Bolivia sería otro país. Porque en vez de elegir la hoguera de las vanidades, que eran las reuniones de izquierda de los viejos partidos en las que se discutía cita contra cita, libro contra libro y luego a casita cuando no al bar, Hurtado prefirió la acción, pero no la armada sino la de hacer, de producir, de construir, de dar certezas a la gente sobre la base del trabajo. Y lo más importante, mediante la producción de comida que, junto con vender libros, son los dos oficios más importantes del mundo; claro está, siempre acompañados del cocinar y el imprimir los textos.

Fue víctima de la dictadura, pero aprendió que la mejor forma de denunciarla es a través de acciones democráticas, de una vida democrática. Algo que los derechistas nunca podrán hacer. Era uno de los que comenzaron la larga lucha por la revalorización de nuestras comidas y de nuestras producciones ancestrales. De esta manera, la industria Irupana llegó a exportar $us 7,5 millones en quinua. Y lo propio para varios otros productos cultivados de manera natural, sin recurrir a fertilizantes agroquímicos.

Ni qué decir del café orgánico o de la stevia; en fin, de tantas cosas que pueden mejorar nuestra vida y hacerla más larga. Y el mundo lo sabe, por eso los productos orgánicos son cada vez más apetecidos, cada vez más necesarios. Imaginemos que aumentemos 10, 20, 30 veces la producción de la maravillosa quinua, del amaranto, del millmi, del maní, del café, del cacao.

A Javier le tocó bailar con la muerte sin que Bolivia le rindiera el homenaje que se merecía. No importa, su obra queda, su industria queda, su ejemplo queda.

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