Columnistas

Nada es para siempre

Muchos piensan que acumulando riquezas y despojando a los otros pueden lograr la felicidad eterna

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

00:00 / 17 de mayo de 2015

De niño, en las noches de invierno, me gustaba echarme de espaldas sobre el césped húmedo del parquecito de mi barrio y estremecerme mirando el brillo de las estrellas y el negro profundo del cielo. Luego, darme la vuelta y mirar con mi linterna, buscando hormigas. Mucho después me enteré de que esos dos campos de la realidad objetiva que se diferencian entre sí por el nivel de organización estructural de la materia son el macrocosmos y el microcosmos. Siempre me sentía como un insecto ante tanta majestad, porque somos tan pequeños en el universo que cuesta entender cómo los seres humanos hemos resuelto los problemas a través del perverso invento de la guerra. Grupos humanos enloquecidos por el poder pensaban y piensan que acumulando riquezas y despojando a los otros pueden lograr la felicidad eterna. Sin embargo, la historia está llena de ejemplos de que nada es para siempre.

El imperio romano, rodeado de pueblos considerados bárbaros, sucumbió ante el envilecimiento de sus autoridades, y tuvo que adaptarse a los tiempos nuevos, languideciendo y agonizando en el sentido que Unamuno da a la resistencia pasiva, sin retorno e inevitable. Todas las guerras de conquista fueron ocasionadas por intereses económicos de grupos que expandieron sus propiedades y se inventaron países y Estados para preservar intereses de clases y cultura.

Los mapas están demarcados con una línea punteada que separa a unos de otros, son parcelas de tierra donde establecieron su dominio grupos humanos que se juran fidelidad a través de la identidad del linaje y del origen étnico o la identidad religiosa, como afirma Mahmoud Husein; entre estos dos factores se mezclan vínculos corporativistas y redes de confraternidad, y sobre ellos (como una sobreimpresión) un tercer círculo: el de la identidad nacional. En nuestro caso, un grupo humano ligado por estos linajes se inventó Bolivia, lo mismo que Chile.

Alihuén, un dirigente mapuche, recalca que el Estado chileno, a través de leyes como la de Seguridad Nacional, los sigue considerando “terroristas”, y que esta norma establecida durante la dictadura militar fue acogida por la izquierda señorial chilena sin ninguna intención de abrogarla. Es lógico, la identidad de linaje está intacta, de ahí la explicación del recule del actual Ministro de Defensa, un comunista a la deriva que se cubre con el manto de la identidad nacional para justificar su cambio de rumbo.

Durante el proceso de la chilenización, después de la Guerra del Pacífico (1879), mapuches del sur, aymaras del norte y changos del desierto fueron engullidos por una historia oficial que ocultaba la invasión de territorio boliviano y pretendía mostrar un Estado incluyente y homogéneo, para tranquilidad de la clase hegemónica.

Durante mis estadías en Antofagasta, conversé con varios grupos de jóvenes que tienen la consciencia lúcida sobre lo que aconteció, porque nada se puede ocultar para siempre, y más de una vez me trasmitieron su sensación de habitar un territorio ocupado, y que culturalmente se sienten más cerca de Bolivia que de Chile.

Saben que una probable solución pasa por acuerdos bilaterales o multilaterales con la condición sine qua non de que Bolivia dote de gas a la primera región, que es la más vulnerable porque depende del cobre, que, como toda riqueza mineral, es inestable. Saben también que toda la costa chilena tiene dueño transnacional y que cualquier lejano arreglo pasa por remover intereses muy poderosos de las grandes fortunas del mundo capitalista.

Detrás de ellos están los intereses de las transnacionales que remontan identidades ideológicas y nacionalidades. La fatalidad geográfica nos une, bolivianos y chilenos tenemos vínculos culturales, familiares y económicos desde hace siglos, y un acuerdo inteligente y creativo nos beneficiaría de sobremanera. Sin embargo, como una fractura del siglo XXI, todavía existen grupos refractarios a todo acercamiento que nos les permite ver el universo, pensando que todo es para siempre.

Pero nada es para siempre, y no nos debe sorprender que el Vaticano haya decidido reconocer el Estado de Palestina, un acto de justicia impensable hace una década.

Es artista y antropólogo.

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