Columnistas

Un siglo rebelde

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Komadina Rimassa

00:00 / 14 de junio de 2018

Este año se conmemora el centenario del Manifiesto Liminar de Córdoba (Argentina), publicado el 12 de junio de 1918, un año después de la Revolución rusa. Este luminoso y desafiante escrito de inspiración liberal dio origen al proceso de la reforma universitaria en América Latina. En Córdoba, la más antigua y conservadora de las ciudades argentinas, “adormecida desde hace siglos por un pesado sopor hispánico y clerical”, nació la reforma universitaria, un proceso de múltiples dimensiones que tuvo un despliegue continental a lo largo del siglo XX, pero cuya dinámica fue diferente en cada país latinoamericano.

La autonomía de la universidad pública era el corazón del programa reformista y fue definida como la prerrogativa para dotarse de normas propias.

Originalmente no fue concebida como un fin en sí misma, era solo un medio para fines académicos. La participación estudiantil en el gobierno de la universidad, la democratización de la matrícula y la libertad de cátedra fueron otros puntos importantes de esa plataforma, que fue adoptada por movimientos universitarios en todo el continente. Un “nuevo espíritu”, como lo señaló Carlos Mariátegui, se desbordó, se rebeló contra la herencia escolástica y anunció el advenimiento de la modernidad.

El proceso boliviano pertenece a la segunda oleada de la reforma (tardía) que incluye a Brasil, Paraguay, Venezuela, Perú y México. Aquí la reforma tuvo su propia historia, compleja y contradictoria. Un momento alto fue la realización en Cochabamba de la I Convención de Estudiantes de Bolivia, evento que logró forjar una organización nacional y un vasto programa de acción que prefigura el programa de abril de 1952. El ideario estudiantil se apartó del liberalismo y coqueteó con el marxismo, el nacionalismo y el anarquismo. Otra fecha importante es el 13 de enero de 1931: un referéndum modificó la Constitución Política y reconoció la autonomía de las universidades.

En los 50, en plena efervescencia revolucionaria, el movimiento estudiantil logró instaurar el cogobierno docente estudiantil, un sistema inédito de gobierno, que se radicalizó a fines de los 60. En los 70, la dictadura de Banzer intervino las universidades y conculcó la autonomía y la libertad de cátedra, pero no pudo acallar al movimiento estudiantil, que fue un actor protagónico en la reconquista de la democracia. En los 80, las organizaciones estudiantiles bolivianas propusieron nuevos horizontes para la reforma con la consigna “La universidad científica al servicio del pueblo”.

Hoy, en un nuevo siglo, la reforma ha encallado y ha dejado de ser el ethos de las nuevas generaciones. Los estudiantes han abandonado las luchas políticas radicales, sus utopías, y se han parapetado en demandas gremiales y en prácticas prebendales y clientelares que han destruido su herencia ideológica y moral.

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