Columnistas

El silencio gringo

Tras el repliegue de la bandera de barras y estrellas ningún orden sustitutivo se abre paso en el horizonte

La Razón (Edición Impresa) / Rafael Archondo

01:30 / 18 de agosto de 2014

Qué fácil resulta hoy ser antiimperialista, en años en los que el imperio se bate en franca retirada. Estados Unidos se ha convertido hoy en día en el enemigo más barato del mundo. Uno puede provocarlo muchas veces, seguro de salir ileso, libre de todo contragolpe.

Las fuerzas que desafían a la Casa Blanca se han multiplicado con virulencia por todas partes. De ello contamos con variados ejemplos. Putin se ha anexado Crimea y no teme correr la suerte de Saddam Hussein tras su incursión militar en Kuwait. Un ejército sunita asola al Gobierno de Bagdad, sacando ventaja, justamente, de la salida de las tropas norteamericanas de ese país. La mitad o más de América Latina juega a la soberanía, arrancando, palmo a palmo, todo enclave de poder estadounidense.

En Afganistán, los talibanes cuentan los días para emerger en el momento en que los marines alcen vuelo de regreso. El sueño guevarista de detonar cientos de Vietnams parece colocarse ahora en el primer renglón del orden del día.

Lo nuevo es que tras el repliegue de la bandera de barras y estrellas ningún orden sustitutivo se abre paso en el horizonte. Salen los estadounidenses y solo se asoman, en reemplazo macabro, el caos y la desorientación. Esperábamos un mundo multipolar, con contrapesos y variados poderes, pero solo vemos un repliegue que nos hace herederos de un vacío. Nos habíamos acostumbrado a  hegemonías que se alternan y suceden. Nada de eso parece estar escrito en el cuaderno del futuro. Ni China, ni India, ni Brasil, ni Rusia ni nadie parece inclinado a hacerse responsable del porvenir de la humanidad.

Los rasgos visibles de este nuevo mundo insólito han desenterrado connotadas teorías. Cada hecho internacional pone en pie la idea de que a cada potencia intermedia le será asignada, casi por inercia, una modesta zona de influencia. De acuerdo con este modelo, el planeta tendrá variados centros orbitales, en los que el más poderoso del “barrio” rayará la cancha para que sus vecinos encuadren sus esporádicas iniciativas. Así fue resuelta, a medias, la crisis estatal de Somalia. No fueron los gringos, que salieron huyendo de allí (remolcando su maltrecho halcón negro), sino tropas combinadas de la Unión Africana las que restablecieron el orden en aquel cuerno desértico, lleno de piratas. Vivimos el tiempo de las crisis domésticas, que se ventilan dentro de los linderos íntimos, dejando afuera a los jugadores grandes y distantes.

No serán entonces los grandes valores universales, sino más bien los dispersos equilibrios geopolíticos los que anudarán los cabos. Si este esquema se consolida, habrá desaparecido toda pretensión de que la humanidad se vuelque alborozada a imitar un solo modelo político y económico. La sola consagración de China como pieza clave del mundo, aunque no cumpla con los estándares democráticos occidentales, ya es una pista para vislumbrar lo que se viene. En un mundo así, la conducta favorita es y será la contención, más que la ofensiva. Estados Unidos está en eso desde hace años. Por eso dispara desde lejos en Irak, a tiempo que memoriza: “nunca más botas sobre suelo ajeno”.

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