Columnistas

El silencio de los republicanos

Desde la toma de posesión, Trump no ha hecho nada para disi-par el temor de que sea títere de Putin.

La Razón (Edición Impresa) / Paul Krugman

21:13 / 24 de febrero de 2017

Hasta ahora, la historia es así: el dictador de un país extranjero intervino en favor de un candidato a la presidencia de Estados Unidos y ese candidato ganó. Asociados cercanos al flamante Presidente estuvieron en contacto con agentes de espionaje del dictador durante la campaña electoral. Y el asesor de seguridad nacional se vio obligado a renunciar por haber hablado indebidamente con el embajador de ese país. Pero esa renuncia no ocurrió hasta que la prensa reveló sus acciones. Y el Presidente se enteró del asunto semanas antes pero no hizo nada al respecto.

Mientras tanto, el Presidente parece extrañamente atento a los intereses del dictador y corren rumores sobre sus conexiones financieras personales con el país en cuestión. ¿Hay algo de verdad en esos rumores? Nadie lo sabe, en parte debido a que el Presidente se niega a hacer públicas sus declaraciones de impuestos.

Quizá en efecto no haya nada malo en eso y todo sea perfectamente inocente. Pero si no es inocente, la verdad es que el asunto está muy, pero muy mal. ¿Que piensan que deba hacerse los republicanos del Congreso, que tienen la facultad de investigar la situación? Nada. Dicen que no hay que hacer nada.

Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes, asegura que las conversaciones de Michael Flynn con el embajador ruso fueron “totalmente apropiadas”.

Devin Nunes, presidente del comité de inteligencia de la cámara, descartó enojado la propuesta de que un comité selecto investigara los contactos de la campaña de Trump. “Absolutamente no vamos a establecer ningún comité.”

Jason Chaffetz, presidente del comité de supervisión de la cámara –que acosó a Hillary Clinton incesantemente por los sucesos de Bengasi– declaró que “la situación se arregló sola”. Hace poco, los republicanos estaban en una ardiente búsqueda de posibles escándalos, presentándose como ultrapatriotas. Ahora son indiferentes a un caso real de interferencia y ante la posibilidad de que el país esté siendo gobernado por gente que recibe órdenes de Moscú. ¿Por qué?

Bueno, el senador Rand Paul lo explicó en términos muy claros: “Nunca vamos ni a empezar a hacer lo que tenemos que hacer, como repeler la ley de seguro médico accesible, si vamos a pasar todo el tiempo haciendo que los republicanos investiguen a otros republicanos.” ¿Acaso alguien duda de que no haya hablado por todo su partido?

La cosa es que no es posible entender el desastre en el que nos encontramos sin apreciar no solo la posible corrupción del Presidente, sino también la inconfundible corrupción de su partido. Un partido tan empeñado en bajarle los impuestos a los ricos, en desregular los bancos y a las empresas contaminantes y en desmantelar los programas sociales, que aceptar la interferencia extranjera es, por lo visto, un pequeño precio que pagar.

Digámoslo de este mo-do: Yo he estado viendo comparaciones entre la información que ha surgido sobre la conexión Trump-Putin y el asunto de Watergate, el escándalo que tumbó a un presidente. Pero aunque aquí el escándalo podría ser mucho peor que el de Watergate —sí, Richard Nixon era siniestro y terrible, pero nadie pensaría que hubidesregularera recibido instrucciones de una potencia extranjera— es muy difícil imaginar que los republicanos de hoy en día defendieran la Constitución como la defendieron los republicanos de antaño.

No es simplemente porque en estos tiempos hay más enanos morales en el Congreso, aunque eso también es un factor. Watergate ocurrió antes de que los republicanos iniciaran su larga marcha a la derecha política, por lo que el Congreso estaba mucho menos polarizado que hoy en día. Existía un acuerdo generalizado entre los partidos respecto de ideas económicas básicas y una cruza ideológica bastante sustancial; esto significa que a los republicanos no les preocupaba que pedirle cuentas a un presidente fuera de la ley pudiera descarrilar su agenda de línea dura.La polarización del electorado también socava el papel del Congreso como contrapeso del Presidente: la mayoría de los republicanos están en distritos seguros, donde su miedo principal es de contendientes en las primarias que estén aún más a la derecha. Y la base republicana de pronto se volvió prorrusa. Es curioso cómo funcionan estas cosas.

Entonces, ¿cómo va a terminar la crisis? No es una crisis constitucional, todavía. Pero Donald Trump sí se está enfrentando a una crisis de legitimidad. Su victoria, pese a haber perdido el voto popular, ya estaba bajo sospecha dada la intervención a su favor del FBI a última hora. Ahora sabemos que cuando el FBI creó la falsa apariencia de escándalo en torno de Hillary Clinton, estaba en posesión de evidencias que apuntaban a las alarmantemente cercanas relaciones entre el equipo de campaña de Trump con Rusia. Y desde la toma de posesión, él no ha hecho nada para disipar el temor de que sea un títere de Putin.

¿Cómo puede un líder bajo tales sospechas enviar a la muerte a soldados estadounidenses? ¿Cómo se le puede conceder el derecho de influir en la Suprema Corte durante toda una generación?

Insisto, una investigación minuciosa, no partidista y sin trabas podría despejar la atmósfera. Pero los republicanos del Congreso, que son los que tienen la facultad de hacer que se lleve a cabo tal investigación, están empeñados en que no se haga.

La cosa es que esta pesadilla podría terminar si un puñado de legisladores republicanos estuvieran dispuestos a hacer causa común con los demócratas para exigir la verdad. Y quizá en el Partido Republicano todavía quede suficiente gente de conciencia.

Pero es probable que no la haya. Y ese es un problema más terrible aún que el eje Trump-Putin.

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