Columnistas

De silencios y sonancias

Caba se atrevió a relacionar las vertientes indígenas con las tendencias hegemónicas en boga.

La Razón (Edición Impresa) / Cergio Prudencio

04:35 / 07 de septiembre de 2014

Eduardo Caba sobrevivió al olvido gracias a Seis Aires Indios para piano, publicados en Buenos Aires hacia 1940. Menos mal, porque si de la sociedad boliviana se trataba, no hubieran quedado de él sino vestigios fonéticos de su nombre y tal vez uno que otro testimonio disperso (como de tantos otros casos).

Aquellas partituras llegaron al Taller de Música de la Universidad Católica Boliviana (donde me formé en los años 70) no sé de cómo. Sonaban y resonaban entre nosotros los alumnos, bien y mal tocadas. Su  fuerza evocadora —recuerdo—  atrapaba de inmediato, inexplicablemente, emanando magia reminiscente al paisaje y sus habitantes enigmáticos, reflejando al compositor en contemplación o en observación de la otredad rural, permeable al telurismo envolvente.

Caba representó a ese remoto universo en un bien estructurado lenguaje musical, personificando a plenitud el colosal altiplano andino. Y no solo por las sonoridades explícitas de trazo y forma, sino —lo más importante— por la configuración del tiempo como espacio, sin flujo, estático, en permanencia, nociones tan intrínsecas a las músicas comunitarias aymaras y quechuas. Notable sintonía de este artista con lo esencial y trascendente de la cosmovisión ancestral.

Caba hizo suyo el piano, donde encontró, como una caja encantada, enormes recursos: acumulaciones resonantes, contrastes de registro (extremos graves y agudos), melancólico lirismo, expansión armónica y proyección en el espacio acústico, entre otras cosas. Pero además cruzó referentes. Se atrevió a relacionar las vertientes indígenas con las fuentes de su educación técnica y las tendencias hegemónicas en boga. El resultado fue algo nuevo, lo mismo respecto de la energía originaria que de la influencia europea, a ambas refiriéndose a la vez. Con una música formidable, Caba construyó una ética, un posicionamiento individual ante la secular dicotomía de la historia americana, ubicándose él mismo en el riesgo de darse nombre reconociendo las procedencias, contrastándolas y hasta conciliándolas.

Pero al margen de estas conjeturas de la intuición y el análisis, ¿quién sería este Eduardo Caba?, era y sigue siendo la pregunta sin respuesta debida, salvo reduccionismos como “nacionalista boliviano” de elementales biografías; y punto. ¿Y quién es realmente Eduardo Caba? Sin duda —ahora entiendo— es uno de los antecedentes esclarecidos del ejercicio intercultural llevado a término en el territorio del alma propia tanto como en el del desarrollo estético. Ese es Eduardo Caba.

Son ahora Mariana Alandia (intérprete extraordinaria del piano y acuciosa analista) y Javier Parrado (riguroso compositor y musicólogo) quienes se consagran de convicción a la recuperación de la obra integral de Eduardo Caba. Su catalogación y, lo más significativo, su registro y difusión nos devuelven a un creador fundamental de las brumas de la indiferencia y la superficialidad, en un meticuloso proceso próximo a la celebración. La reparación de Caba, Achachila sonante y resonante de la silente cordillera, permitirá dimensionarlo con justicia en la historia, echará luces a la comprensión de las contemporaneidades (artísticas y políticas), y desafiará a las generaciones  a corresponder este legado con la misma talla ética, en los nuevos escenarios del dilema de la identidad.

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