Columnistas

El síndrome de Ulises

He llenado mi memoria con la sonrisa del que se  va y las lágrimas del que se queda

La Razón (Edición Impresa) / Elvis Vargas Guerrero

02:04 / 14 de agosto de 2014

Voy desde mi propio puerto en busca del destino ideal.  Triste y consciente que este hasta luego puede ser eterno. Por eso me he prohibido olvidar este momento. He llenado mi memoria con la sonrisa del que se va y las lágrimas del que se queda. He decidido seguir sin titubeos el rumbo de mi esquema personal. Y vagaré entre dos tiempos: lo que fui y lo que iré a ser.

Siento que es doloroso estar fuera de casa. Que la vida da vueltas en un segundo y destroza el alma. Me acompañan lágrimas de bronca, del coraje antiheroico que disgustó al sistema competitivo y egoísta que favorecía a la minoría y excluía al resto. Ando confundido con este camino de pérdidas. Y solo me oriento con la fantasía del reagrupamiento, a pesar del paulatino destrozo de la red familiar.

En mi soledad trato de sanar mis heridas. Volver en la memoria de los que se quedan. A ellos les prometí lucir mi retorno triunfal. El retorno con los frutos económicos, el futuro económico de mi proyecto migratorio. No entra en mi cabeza el fracaso, aunque ya no lo puedo esquivar.

Desde hace tiempo que me he convertido en un individuo anónimo, oculto con un miedo primitivo: temor por el nuevo mundo donde ya no soy dueño de mi libertad y no puedo controlar mi destino.

Me acechan los peligros físicos, la mafia, la detención. Me oculto para no ser descubierto. Y contemplo desde mi rincón a los demonios de la discriminación y el maltrato, de lo definitivo y transitorio. Los contemplo para que no me toquen.

Es que en los peligros me puedo perder y no saber más quién es mi familia y mi hogar. Quizás mi proyecto naufrague en este mundo extraño. Pero quedo yo con la vida intacta en el campo de batalla. Acechado por el dinero bendito y el maldito que me arrebató un pedazo de vida, pero a su vez me entregó la fantasía del regreso.

Eso convierte a mi destino en algo único. Y me cobijo en esta resistencia protectora. Me armo de incertidumbre y la risa. Con logros de desesperanza. Atrapado en un camino sin salida, con el duelo de no poder regresar. Por eso he migrado a mi mundo interno gobernado por la presencia y la ausencia, la cercanía y la lejanía. Y he renacido a la vida con una nueva identidad, en la adaptación, entre idiomas, entre riesgos y beneficios, entre orígenes y destino.

La vida nunca más será igual. Y el miedo me ha transformado. El temor por la pérdida. El salto al vacío. Aquello que tuve y ahora ya no tengo. Lo que soy y lo que dejé de ser. Mi presente se ha complicado. Los fantasmas ya no merodean, sino están en mí mismo. En mi propia pugna. Estoy convencido de que hay que vaciarse para poder llenarse. Y si quiero seguir adelante, la página ya no tiene vuelta atrás. (Homenaje a los migrantes crónicos). 

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